Editorial

El nuevo empate catastrófico

Bolivia podría ingresar en un nuevo punto de quiebre poco advertido, pero profundamente revelador: un nuevo empate catastrófico, esta vez no entre oriente y occidente...

Editorial | | 2025-11-22 08:41:18

Bolivia podría ingresar en un nuevo punto de quiebre poco advertido, pero profundamente revelador: un nuevo empate catastrófico, esta vez no entre oriente y occidente, ni entre socialistas y liberales, sino entre dos pulsiones que chocan dentro del propio gobierno: la Bolivia racional y la Bolivia primitiva. De un lado, un país que busca estabilidad mediante datos, técnica y planificación; del otro, una sociedad que, en tiempos de crisis, se aferra instintivamente a figuras de autoridad fuerte, ruda, casi tribal. Este choque se está encarnando en el conflicto prematuro entre el presidente Rodrigo Paz y el vicepresidente Edman Lara.

La explicación no es únicamente política. Las sociedades que sienten inseguridad —desempleo, inflación, crisis fiscal, descomposición institucional— activan un reflejo ancestral: la búsqueda de un “líder alfa” capaz de imponer orden por mera presencia. Esa figura, que promete protección más que soluciones, pesa más en la mente colectiva que un tecnócrata preparado. Esa es la explicación del triunfo de Rodrigo Paz, arropado por la figura de Lara, que no es un accidente, sino el síntoma perfecto de una sociedad que retrocede a patrones primitivos de liderazgo.

Lara encarna ese arquetipo atávico: ex policía, tono confrontacional, discurso agresivo, lenguaje simple y directo, presencia física dominante y un estilo que simula control. No es la capacidad técnica lo que lo impulsa, sino la percepción emocional que proyecta. Cuando habla no describe un plan, activa un miedo y lo calma con una postura. Su rudeza lo vuelve la encarnación simbólica del protector tribal. Por eso, aunque no tenga preparación, aparece como una alternativa real para quienes buscan seguridad psicológica.

Rodrigo Paz representa lo contrario: habla con cifras, con proyecciones, con planes económicos. Su gabinete técnico intenta ordenar un país devastado. Ese tipo de liderazgo puede tropezar en un momento de crisis, pues lo racional no siempre convence, no porque no sea correcto, sino porque el miedo es un lenguaje más poderoso que la lógica.

Aquí nace el nuevo empate catastrófico: Bolivia dividida entre su mente prefrontal y su cerebro instintivo, entre la apuesta por la reconstrucción técnica y la tentación del caudillismo primitivo. El conflicto ya está abierto dentro del propio gobierno. Lara parece convencido de que su estilo genera respaldo popular y actúa en consecuencia: desafiando, marcando territorio, rompiendo protocolos, midiendo fuerzas. Paz intenta neutralizarlo, pero si no transmite seguridad —no solo técnica, sino emocional— corre el riesgo de que su propio vicepresidente lo eclipse ante los ojos de una población angustiada.

Este choque tiene el potencial de expandirse en las próximas elecciones subnacionales. Si la gente vota desde el miedo, los caudillos duros, sin preparación y sin proyecto, pueden arrasar en zonas urbanas populares, dejando a Bolivia atrapada en el peligro de retornar al pasado que tanto daño nos ha hecho.

El riesgo del momento es la fractura entre el país que necesitamos y el país que somos cuando tenemos miedo. Si Rodrigo Paz no aprende rápido que gobernar también implica transmitir seguridad, será vulnerable frente al acecho de Lara, una ventana abierta al retorno del MÁS o algo mucho peor.