Dios te bendiga

Make America Great Again

Make America Great Again
Mons. Roberto Flock | Columnista
| 2025-11-21 00:04:00

«El que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor» (Lucas 22,26).

Disculpa el título en inglés. “Make America Great Again”, abreviado MAGA, es traducido por Wikipedia como: «Haz a Estados Unidos grande otra vez» o «Que Estados Unidos vuelva a ser grande». Creo que «Engrandece a América nuevamente» capta mejor el espíritu. Es el slogan del presidente Donald Trump en su política populista. Algo similar había utilizado Ronald Reagan y también el demócrata Bill Clinton. Ha logrado un gran efecto aprovechando y exacerbando olas de descontento. Como misionero católico gringo en Bolivia, me desgarra el corazón ver lo que sucede en mi tierra natal. Mi patria está terriblemente polarizada y el cisma político ha creado grietas en toda la sociedad, incluso en las iglesias y nuestras familias. Sufrimos las mayores divisiones desde la guerra civil. Es una lucha por el alma de la nación.

Favor perdonarnos por decir “América” pensando solo en los Estados Unidos. Una de nuestras faltas de grandeza es olvidar que América abarca todo el hemisferio. Los estadounidenses somos muy deficientes en conocimientos geográficos. Irónicamente, hemos acogido inmigrantes de toda raza, pueblo, lengua y nación (Ap 7,9), pero el típico estadounidense no habla más que inglés.

“Viva mi patria Bolivia, una gran nación; por ella doy mi vida, también mi corazón” (Apolinar Camacho). ¿Acaso hay un boliviano que no haya cantado esta letra con orgullo?

¿Qué hace que una nación sea grande?

Obviamente, tener mayor territorio, población y una economía fuerte son grandes ventajas dentro de la comunidad internacional. El país con mayor territorio es Rusia; con mayor población, India; con más soldados, China; con más armas nucleares, Rusia; con mayor producto económico bruto, Estados Unidos; con más armas convencionales, Estados Unidos; con más medallas olímpicas, Estados Unidos; con más satélites en órbita, Estados Unidos. Y los EE. UU. son el único país que ha enviado hombres a la Luna, trayéndolos de vuelta con vida. Lo hizo en 1969, cuando no había internet, computadoras personales ni teléfonos celulares.

Pero ¿qué realmente da grandeza a los Estados Unidos? ¿Y qué le quita esa grandeza?

Cuando quiso su independencia de Gran Bretaña, Thomas Jefferson escribió: “Sostenemos como evidentes por sí mismas estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Esta visión hizo increíblemente grande a los EE. UU.

Pero desplazar y hasta exterminar a la población nativa de los territorios disminuyó esa grandeza, como también la institución y el comercio de esclavos africanos en las colonias, lo que nos llevó a la sangrienta y fratricida guerra civil de 1861 a 1865. La victoria del Norte puso fin a la esclavitud, pero no al racismo.

Un siglo después de nuestra Declaración de Independencia, el pueblo de Francia decidió regalar a los EE. UU. un gran monumento: “La Libertad iluminando el mundo”. En la base de la Estatua de la Libertad hay una placa con una poesía que concluye así: «¡Dadme a vuestros rendidos, a vuestros pobres, vuestras masas hacinadas anhelando respirar en libertad, el desamparado desecho de vuestras rebosantes playas! Enviadme a estos, los desamparados, sacudidos por las tempestades, a mí. ¡Yo elevo mi faro detrás de la puerta dorada!» (Emma Lazarus, The New Colossus, 1883).

América se hizo verdaderamente grande por la acogida de migrantes —en su gran mayoría pobres que venían de Europa y de Asia— buscando un futuro donde no reinaba un tirano, sino el mismo pueblo, con un gobierno que garantizaba la libertad de religión, expresión y asociación; el Estado de derecho y, sobre todo, la libertad económica.

Mis propios antepasados salieron de Stommeln, Alemania, un pueblito cerca de Colonia, en 1857. Cansados y agobiados por las interminables guerras de Europa, fueron al nuevo Estado de Wisconsin, donde les regalaron terreno (que antes pertenecía a los nativos dakota) en lotes de 160 acres solo por asentarse a trabajar. Herman Flock tenía 60 años, seis hijos adultos, dos hijas y su segunda esposa (después de enviudar) cuando vendió sus parcelas en Europa y cruzó el Atlántico para empezar una nueva vida. Dos de sus hijos encontraron a su futura esposa en la barca. Dos fueron reclutados para pelear en la guerra civil. Sobrevivieron ilesos.

Las ilimitadas posibilidades de la nueva nación, que acogía a los pobres en búsqueda de futuro, les ofrecían libertad, y ellos hicieron grande a América. A pesar de las luchas en su expansión continental, la joven nación se sentía bendecida como la Virgen María en su encuentro con el Arcángel Gabriel: «Nada es imposible para Dios» (Lc 1,37). Nada parecía imposible para los Estados Unidos.

Pero ahora se construye un muro y se realizan batidas y deportaciones en condiciones deplorables de indocumentados, humillándolos lo más posible, para que no se atrevan a soñar con estas bendiciones. Parece que nos convertimos en el Planeta de los Simios.

Llegaron las terribles guerras mundiales nacidas de las antiguas peleas de Europa, y aunque los Estados Unidos no quería meterse, una vez experimentada la amenaza contra la libertad, entró a todo dar y pronto se logró la victoria en contra de la tiranía. Los Estados Unidos pagaron con la sangre de sus jóvenes, pero fueron vistos como héroes del mundo. Y, habiendo aprendido del error de las venganzas de la Primera Guerra Mundial, se dedicaron a reconstruir la Alemania Occidental y Japón, convirtiéndolos en grandes aliados y grandes economías. Los EE. UU. se hicieron grandes haciendo grandes a sus exenemigos. En cambio, los países comunistas quitaron todas las libertades a sus vencidos y los convirtieron en proveedores de materias primas para su aparato bélico, en un cerco de pueblos oprimidos y deprimidos.

Pero la grandeza de los EE. UU. se ve opacada por sus intentos de controlar el destino de otras naciones, como Corea y Vietnam. El sacrificio de los jóvenes parece obedecer más a los intereses económicos de quienes fabrican armas y de regímenes corruptos y dictatoriales que a la causa de la libertad. Y aquella grandeza que se ganó con la victoria en la Segunda Guerra Mundial se convirtió en un sinfín de incidentes vergonzosos que destruyen nuestra grandeza.

Cuando el astronauta Neil Armstrong hizo «un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad» pisando la Luna en 1969, esto fue transmitido en vivo por la televisión, como también la explosión del transbordador espacial Challenger en 1986. En cambio, el mundo socialista siempre se ha caracterizado por hacer las cosas en secreto para esconder sus fracasos. América ha sido y sigue siendo grande por su transparencia. La prensa libre, con la libertad de expresión, que permite criticar a los líderes y no esconder nada, nos hace muy grandes. En cambio, atacar a la prensa y los lloriqueos por los chistes sobre los gobernantes nos empequeñecen.

Haití, Brasil y los EE. UU. son los países con los más altos índices de mortalidad por armas de fuego. Casi diariamente hay masacres de niños indefensos en escuelas e iglesias. Quienes defienden religiosamente la tenencia de armas de fuego con capacidad homicida masiva y no ceden un milímetro hacen de los EE. UU. un país cobarde y falso, como un cura pederasta.

Trump y el MAGA no pueden ofrecer grandeza a los EE. UU. porque no saben en qué consiste. La confunden con el bullying. Su fuerza está en resentimientos y falsos enemigos, como, por ejemplo, los migrantes latinos, los izquierdistas, los demócratas. Las tácticas son iguales que las de los masistas. Han destruido la credibilidad de un país grande. Viven en permanente paranoia porque inspiran odio y desprecio contra ellos mismos. Se dice luchar contra el “enemigo interior” sin darse cuenta de que este enemigo está en su propio interior. Ahora, con buques de guerra, destruyen a supuestos narcos venezolanos en el Caribe. ¿Acaso esto nos da grandeza?

Bolivia es insignificante para los estadounidenses, solo un estorbo, porque saben que aquí hay fábricas de cocaína y muchos pobres que quizás se atrevan a soñar con buscar un futuro allá.

Pero Bolivia es una gran nación que puede ser mucho más grande aún. Por ello he dedicado gran parte de mi vida, gringo que soy. Y vale la pena seguir.

Dediquémonos a hacer grande a Bolivia, no desde resentimientos por cosas que no podemos cambiar, no con bloqueos que solo prolongan nuestras frustraciones y no con quejas contra el imperio que no sabe si estamos en América, Asia o África. Es como preguntar a Jesús si es lícito pagar el impuesto a César (Mt 22,17) y después llorar porque no hay dólares.

Sigamos el consejo de quien se humilló tanto que Dios lo exaltó de tal manera que toda rodilla en el cielo y la tierra se doble ante Él (ver Fil 2,1-11): “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás tendremos por añadidura” (Mt 6,33), incluso la grandeza que anhelamos.

«El más grande entre ustedes será el servidor» (Mt 23,11).

Dios te bendiga.

Mons. Roberto Flock | Columnista
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