El gabinete de Rodrigo Paz ha sorprendido al país: por fin un equipo de ministros con títulos, experiencia y méritos académicos. Era una demanda justa, después de años en que los cargos se repartían por afinidades políticas o historial de bloqueo. Sin embargo, tener cerebros brillantes no garantiza el cambio. Gobernar no es una tesis universitaria. Transformar un país requiere más sentido común que doctorados, más coraje moral que planes de 200 páginas. Tampoco hace falta leer mucho. Basta hojear Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, para entenderlo: un solo individuo, sin Estado, sin dinero y sin ayuda, logra reconstruir una civilización con conocimiento y disciplina. Ese es el verdadero mensaje: los países no cambian por decreto ni por gabinete, sino cuando cada ciudadano asume su propia responsabilidad. La prosperidad no nace de estructuras ni discursos, sino del esfuerzo y la creatividad individual. Si el nuevo gobierno comprende esa lección, entonces sí habrá esperanza de cambio real, más allá de los títulos colgados en las paredes.