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La mejor estrategia electoral de la historia

La mejor estrategia electoral de la historia
Alberto De Oliva Maya | Columnista
| 2025-11-10 07:01:04

Quién lo diría. Después de tantos años de elecciones aburridas y llenas de candidatos reciclados, apareció un genio de la estrategia: Rodrigo Paz Pereira, el mago del camuflaje político, el Houdini de la ideología, el artista del engaño más fino que ha visto Bolivia desde que un minero se hizo revolucionario y un cocalero se creyó libertador.

Porque, seamos sinceros, nadie lo vio venir. Mientras todos jugaban a las encuestas, él jugaba al ajedrez. Mientras los demás derrochaban millones en publicidad, él se escondía detrás de un celular y una hija llena de ideas frescas. Y mientras los expertos en marketing político deliraban con sus focus group y su “voto útil”, Rodrigo apostó por el voto ingenuo, ese que cree que un candidato callado es un hombre sabio y no un zorro que espera la noche para dar el zarpazo.

Los otros jugaban; él fingía no saber jugar. Samuel Doria Medina, el eterno “empresario” en campaña, creía que podía comprar simpatía con jingles caros y encuestas de alquiler. Tuto Quiroga confiaba en su manual de tecnócrata y en su aire de “yo ya fui presidente”. Los masistas gastaban los últimos billetes del erario creyendo que aún mandaban. Y en medio de ese carnaval de egos, apareció Rodrigo.

Sereno, sonriente, con discurso tibio y respuestas tan neutras que servían tanto para misa como para una reunión sindical. El candidato perfecto para un pueblo confundido: aquel que no decía nada, pero lo decía todo.

Su plan maestro fue simple y devastador: parecer tonto para ganar. No compitió contra sus rivales, sino contra las expectativas. Dejó que todos lo subestimaran. Mientras Lara hablaba como predicador de cantina, mezclando Biblia, venganza y populismo barato, Rodrigo jugaba al distraído, al que parecía demasiado decente para ser político.

Y vaya si le resultó. Los empresarios lo veían liberal; los socialistas, mirista; los masistas, un nuevo Evo de piel blanca y apellido doble. El hombre fue todo para todos y así conquistó el corazón bipolar de Bolivia. No era otra cosa que la alquimia del voto: transformar la confusión en victoria.

Mientras Lara se pavoneaba como el paco del pueblo, el “mártir verde olivo” expulsado por la institución más desacreditada del país, Rodrigo se convertía en el candidato del equilibrio. Nadie entendía cómo, pero funcionaba. El truco fue magistral: mientras su vice hablaba tonteras, Rodrigo parecía sensato por contraste. Era como ver a un médico tranquilo junto a un paciente delirante.

Así, el “paco rebelde” captó los votos del resentimiento popular, y Rodrigo los del desencanto ilustrado. Entre ambos formaron la coalición más improbable del siglo XXI: los decepcionados y los confundidos unidos por el arte del engaño.

La segunda vuelta fue una obra maestra de manipulación emocional. Mientras Tuto explicaba la economía con cuadros y fórmulas, Rodrigo hablaba del futuro con pausas de monje zen. No prometía: insinuaba. No respondía: sonreía. Y en un país cansado de los gritones, su silencio se volvió música celestial.

Los medios no lo tomaban en serio, las encuestadoras lo ignoraban y los opinadores lo trataban de ingenuo. Pero el pueblo, sabio en su desconcierto, lo eligió. No porque lo entendiera, sino porque ya estaba harto de entender a los otros.

Y así se consolidó el resultado: el engaño perfecto. Bolivia amaneció con un presidente que parecía de izquierda, hablaba como de centro y pensaba como empresario. Un hombre que engañó a todos sin mentir, que se disfrazó de inocente para derrotar a los astutos.

Hoy, con su traje de estadista y su discurso de orden y responsabilidad, Rodrigo Paz Pereira se revela como lo que siempre fue: el lobo disfrazado de oveja que convenció al rebaño de que lo eligiera pastor.

Puedo afirmarlo, como boliviano engañado —de la mejor manera—: fue una jugada maestra, un acto de ilusionismo político digno de estudio.

Todo lo mencionado es la prueba irrefutable de que, en Bolivia, el que mejor miente no es el que habla más, sino el que deja que los demás se engañen solos.

Rodrigo Paz no ganó una elección: escribió un manual.

Y ese manual se llama La estrategia del engaño: cómo parecer de izquierda para gobernar con la derecha y que todos aplaudan igual.

Alberto De Oliva Maya | Columnista
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