Tribuna

Crónica irónica de un país que votó entre la razón y la esperanza

Crónica irónica de un país que votó entre la razón y la esperanza
Alberto De Oliva Maya | Columnista
| 2025-10-22 00:10:00

Todo en la vida tiene un final, y estas elecciones, marcadas por la necesidad de un cambio, llegaron a su fin, con un claro ganador gracias a lo que podríamos llamar “el cansancio de la esperanza”.

Hace tres meses, con el inicio de campaña de todos los aspirantes a la presidencia, empezó un periodo intenso que vale la pena recordar.

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que los bolivianos ya no pedíamos milagros. Solo queríamos gasolina, justicia y que no nos mintieran en las encuestas. Llegamos a la elección con el alma desgastada por veinte años de populismo y manipulación, con la fe parcheada a base de sarcasmo y resignación.

En las calles, el humor reemplazó al miedo. El pueblo volvió a su instinto más puro: desconfiar de todo y de todos. Mientras unos aún juraban lealtad al “proceso de cambio”, otros miraban al cielo, no para rezar, sino para confirmar que Dios todavía seguía mirando a Bolivia.

Fue una etapa marcada por la desesperanza… pero también por algo más poderoso: la necesidad de volver a creer, aunque sea entre risas.

El ocaso del azul y la rebelión del voto útil se hacía realidad. El MAS llegó fracturado en tres versiones de sí mismo: discurso sindical, lenguaje universitario y rostro indígena, pero todos con la misma esencia: control y poder. Los tres candidatos que prometían “renovar el proceso” terminaron repartiendo culpas y los pocos votos duros que quedaban. Uno hablaba de soberanía, otro vivía en el exilio dorado, y el tercero repetía guiones escritos por quienes arruinaron al país.

El pueblo, ya cansado del drama repetido, entendió que no se trataba de ideología, sino de sobrevivir. Así nació la rebelión del voto útil, corriente silenciosa que, sin banderas, decidió decir basta.

En este tablero surgieron los candidatos del “casi” y los de siempre:

Samuel Doria Medina, empeñado en presentarse como empresario salvador, pero incapaz de salvar su propia credibilidad. Su superioridad moral y su alianza con la improvisación lo condenaron. Quiso ser “moderado de centro” y terminó siendo el comodín del error.

Manfred Reyes Villa, con su eterno retorno, prometió rescatar al país como en los noventa, vendiendo nostalgia mientras la gente pedía soluciones. Su campaña fue un museo de frases recicladas y pancartas anacrónicas.

Ambos fueron víctimas de su vanidad y de una estrategia tan antigua como ingenua: creer que el pueblo vota por encuestas y no por dignidad.

Las encuestas, lejos de ser técnicas, se convirtieron en oráculos de alquiler. Cada medio tenía su propio “ganador”, según la billetera del patrocinador. Hubo quien pagó once encuestas para aparecer como favorito, creyendo que el pueblo votaría por estadísticas antes que por conciencia. Terminó ganando en titulares… y perdiendo en las urnas.

Cuando llegaron los resultados oficiales, el pueblo comprendió que le habían mentido. Y esa mentira se convirtió en el mejor voto castigo. Porque en Bolivia, cuando la gente se siente burlada, no protesta: vota en silencio y hace justicia en la urna.

De aquel desastre emergieron dos nombres que la historia recordará: Jorge “Tuto” Quiroga, hombre de experiencia y cabeza fría; y Rodrigo Paz, heredero político que capitalizó el voto joven, el voto emocional, el voto del “por fin algo distinto”.

La segunda vuelta olía a historia. Por primera vez en mucho tiempo, Bolivia debatía entre dos opciones democráticas, sin el fantasma del autoritarismo. Los discursos fueron duros, pero respetuosos, y el debate devolvió dignidad a la política. El silencio electoral se convirtió en esperanza. Bolivia, cansada de ser meme, decidió ser protagonista de su destino.

La noche del 19 de octubre, con conteo rápido y expectación, llegó el alivio: Rodrigo Paz Pereira fue electo presidente. Por primera vez en años, el pueblo sintió que su voto valía más que cualquier encuesta. La verdadera victoria no fue de un candidato, sino de una ciudadanía que recuperó su dignidad.

Bolivia no ganó solo una elección; ganó una lección de madurez. Por primera vez en mucho tiempo, ganó el derecho a empezar otra vez… sin odio.

Alberto De Oliva Maya | Columnista
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