Estados Unidos acaba de dar una señal inequívoca: quiere normalizar las relaciones diplomáticas y de cooperación con Bolivia, sin importar quién gane este 19 de octubre. Se trata de un gesto de enorme relevancia política y estratégica. Después de casi dos décadas de aislamiento, expulsiones y desconfianza mutua, Washington ha decidido tender la mano a un país que necesita con urgencia volver a insertarse en el mundo libre.
Durante buena parte del siglo XX y los primeros años del XXI, Estados Unidos fue el principal socio comercial de Bolivia. Su cooperación financió carreteras, proyectos de riego, programas de salud y educación, además de fortalecer instituciones democráticas. Aquella relación, que aportaba desarrollo real y oportunidades tangibles, fue abruptamente interrumpida por la torpeza ideológica del régimen de Evo Morales, que convirtió la política exterior en un campo de batalla contra Washington, sacrificando los intereses nacionales en nombre de un discurso anacrónico y dogmático.
Bolivia sustituyó una alianza estratégica con Washington por una subordinación política a regímenes autoritarios: Cuba, Venezuela, Irán, Rusia y China. El resultado está a la vista: un país más dependiente, más pobre, más corrupto y más aislado que nunca. La asimilación a un “imperialismo alternativo” ha sido una de las mayores hipocresías del siglo XXI. Las inversiones chinas han dejado contaminación, contratos opacos y destrucción ambiental; la influencia venezolana y cubana ha corroído nuestras instituciones; y el acercamiento con Irán sólo ha incrementado el descrédito internacional de Bolivia.
Estados Unidos —con su modelo basado en la innovación, la tecnología y la democracia liberal— sigue siendo la mayor potencia económica del planeta. Es el país que lidera la revolución digital, las energías limpias y la defensa de los derechos humanos. Hoy, cuando el mundo vive una reconfiguración de alianzas, Bolivia tiene una oportunidad histórica de reinsertarse en el eje del desarrollo. No se trata de alinearse ciegamente con un bloque, sino de recuperar el sentido común: ningún país progresa aislándose del conocimiento, del capital y de la cooperación internacional.
Restablecer la relación con Estados Unidos no solo es una cuestión diplomática, sino una urgencia económica y moral. Es el momento de abrir las puertas a las inversiones, de recuperar los programas de cooperación que fortalezcan la agricultura, la educación y la lucha contra el narcotráfico. Es hora de abandonar el discurso victimista que nos ha mantenido atrapados en la pobreza.
Estados Unidos ha extendido la mano. Lo hace no por simpatía política, sino por convicción: porque cree que Bolivia puede volver a ser un aliado confiable, un país democrático, serio y predecible. El futuro gobierno tiene ante sí una oportunidad de oro. No importa quién asuma el poder; lo que importa es que entienda que el tiempo del oscurantismo ha terminado.
Bolivia necesita volver a creer en sí misma y eso empieza por volver a creer en sus aliados naturales: aquellos que respetan la libertad, la ley y la prosperidad. Si sabemos aprovechar esta oportunidad, podremos sacar al país no solo del pozo económico, sino del pozo moral en el que lo hundieron veinte años de autoritarismo y negación de la realidad.