Perú lo volvió a hacer: destituyó a otra presidenta. Dina Boluarte se ha sumado a la larga lista de mandatarios caídos bajo la fórmula mágica de la “incapacidad moral”. En menos de una década, el país acumula ocho presidentes, una verdadera rotación institucional que haría sonrojar incluso a los sistemas más caóticos. Y, sin embargo, ahí está el milagro peruano: su economía sigue en pie. No crece con euforia, pero tampoco se derrumba. El país logra sobrevivir —e incluso avanzar— pese a su inestabilidad política permanente. Lo que en Bolivia sería una catástrofe, en Perú se ha vuelto rutina. Aquí hemos tenido el régimen más largo de nuestra historia reciente, pero sus efectos fueron devastadores: corrupción, endeudamiento, déficit, fuga de capitales y un estado en ruinas. Allá, en cambio, la economía resiste al caos, quizás porque sus instituciones siguen funcionando. Como decía Bernard Shaw, a los políticos y a los pañales de los bebés hay que cambiarlos con la misma frecuencia, por exactamente las mismas razones. En Perú, al menos, eso lo tienen claro.