Tribuna

Bolivia en incubadora… parto político con pronóstico reservado

Bolivia en incubadora… parto político con pronóstico reservado
Alberto De Oliva Maya | Columnista
| 2025-10-10 07:46:00

Faltan dos semanas para que Bolivia “dé a luz” a un nuevo gobierno. ¿Cesárea o parto normal? A este ritmo, parece más bien un parto inducido por los mismos doctores que enfermaron al país, con bisturí prestado y sin oxígeno disponible.

Y como toda gestación complicada, los médicos, perdón, los analistas, ya lo advirtieron: el parto será de alto riesgo y con mucho dolor. Porque, para colmo, nadie sabe quién es el verdadero padre.

Uno presume serlo, amparado en la experiencia de haber criado un hijo que terminó huérfano por un año; el otro se presenta como heredero de linaje, aunque su único mérito es repetir los errores del abuelo, ese que también crio un muchacho lleno de malos hábitos, incapaz de soltar el biberón del poder, y que hasta hoy, ya mayorcito, sigue llorando por atención.

El bebé, MAS que seguro, viene con problemas respiratorios, un ligero neumotórax democrático, sospecha de preeclampsia institucional y una severa inmadurez política congénita. Desde ya, los especialistas recomiendan incubadora, oxígeno y una dosis urgente de credibilidad.

El reloj avanza y la tensión aumenta en la sala de partos. El país, adormecido por promesas epidurales, se prepara para recibir a su nuevo “milagro democrático”. Los médicos, perdón otra vez, los analistas de televisión, ajustan los guantes y revisan las encuestas como si fueran radiografías del alma nacional.

El corazón late irregular: una arritmia política producto de la ansiedad colectiva. El oxígeno escasea, el ambiente está contaminado de discursos reciclados, y el feto gubernamental todavía no decide si quiere respirar libertad o populismo.

Los doctores del sistema intentan tranquilizar a la familia: Tranquilos, ya viene… solo que todavía no sabe si salir por la izquierda o por la derecha. Y mientras tanto, en la sala contigua, los padrinos discuten quién cortará el cordón umbilical del poder.

Los mismos de siempre, claro: unos que juran haber cambiado de hábitos, otros que no se lavan las manos ni con alcohol en gel, porque el virus de la ambición no se cura con medidas sanitarias.

En la sala de espera se respira una mezcla de preocupación y ansiedad. Los padrinos discuten quién firmará el certificado de nacimiento, mientras los suegros políticos ya preparan la fiesta sin saber si el recién nacido sobrevivirá su primera semana.

Todos coinciden en algo: la criatura llegara débil, sin reflejos y con un futuro que inspira más miedo que esperanza. Desde el vientre de la incertidumbre, se escuchan las voces de los “especialistas” como si fuera una junta médica. Unos recetan unidad, otros recomiendan reposo, pero nadie se atreve a decir la verdad… que el país viene débil, con oxígeno limitado y con padres que ni siquiera se ponen de acuerdo en el nombre.

El flamante gobierno, apenas asome la cabeza, necesitará incubadora, respirador artificial y unas buenas dosis de realidad.

Porque, seamos sinceros, no se puede pretender caminar con pulmones que aún no saben respirar democracia, ni con un corazón que late al ritmo de la corrupción heredada.

Las enfermeras de la esperanza ya están listas, los doctores de la desesperanza también, y afuera, en la sala de espera, se desata otra pelea: la de los niñeros del poder, esos que solo consiguen trabajo cuando hay un recién nacido político al que cuidar.

Unos gritan que el bebé debe parecerse a la izquierda de antes, con pañales ideológicos y discurso obrero; otros reclaman que salga con genes de oposición moderna, de terno importado y promesas recicladas.

Mientras tanto, el país, como toda madre agotada, solo ruega que por lo menos este hijo no salga ladrón ni mentiroso, aunque sea mucho pedir en esta maternidad llamada Bolivia.

Y mientras tanto, el pueblo, ese eterno paciente de hospital público, espera ver si el recién nacido llora o se queda callado, como los gobiernos sin alma. Pero no hay que ser fatalistas. Dicen los manuales que cuando un bebé no llora, los doctores le dan una nalgada para que respire.

Tal vez eso es lo que necesita Bolivia: una buena cachetada de realidad. Una que la despierte del letargo, que la haga respirar por sí misma, sin depender del oxígeno extranjero, ni del suero envenenado de la vieja política.

Y así será… cuando por fin llore ese bebé, lo hará con el sonido más puro que un pueblo puede emitir, el llanto de la vida que resiste, del país que vuelve a respirar después de tanto veneno.

Porque al final, los bolivianos ya sabemos lo que es sobrevivir en incubadoras políticas.

Nos hemos alimentado de promesas intravenosas, hemos pasado por partos traumáticos y aun así seguimos aquí de pie, cuidando a este bebé llamado Bolivia, que nunca aprendió a gatear sin tropezar con la corrupción, pero que todavía, a pesar de todo, merece vivir.

Alberto De Oliva Maya | Columnista
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