Editorial

Telenovela barata

La campaña electoral se ha convertido en una telenovela. Una trama predecible, plagada de insultos, acusaciones, llantos frente a las cámaras y gestos diseñados para arrancar lágrimas...

Editorial | | 2025-10-05 08:52:11

La campaña electoral se ha convertido en una telenovela. Una trama predecible, plagada de insultos, acusaciones, llantos frente a las cámaras y gestos diseñados para arrancar lágrimas o rabia en el electorado. Cada jornada suma un nuevo episodio: el café, el chicle, el comentario racista, el “dijo o no dijo”, el repaso de agravios del pasado. No es política seria, es espectáculo de bajo presupuesto.

Lo que estamos viendo es una guerra de emociones desatadas. Los candidatos, lejos de presentar ideas, se disputan quién emociona más: quién logra arrancar una lágrima, quién despierta más indignación, quién logra manipular con mayor eficacia sentimientos viscerales. El guion es malo y repetitivo, pero se sostiene en un recurso efectivo: distraer a la ciudadanía de lo que realmente importa.

Algunos candidatos parecen necesitar un análisis psicológico más que un equipo de campaña. Insultos que rozan lo infantil, acusaciones cruzadas que se contradicen con facilidad y una obsesión por revivir heridas. Bolivia no necesita volver una y otra vez al mismo libreto que durante dos décadas fue utilizado por el MAS: dividir, polarizar, crear resentimiento entre bolivianos, apelar al racismo, mientras detrás de bambalinas se consolidaba el saqueo y el despilfarro de los recursos públicos.

El resultado de ese libreto es claro: una economía en crisis, un estado debilitado, instituciones corroídas por la corrupción y un país que, a pesar de haber tenido una de las mayores bonanzas de su historia, hoy enfrenta déficit, inflación creciente y el colapso de su industria gasífera. Pero nada de esto aparece en la campaña. No se habla del agujero fiscal, de la urgencia de reformar la justicia, de la necesidad de reactivar la economía. Pareciera que no estuviéramos en crisis, que todo fuera un simple concurso de egos y emociones.

La paradoja es que en la primera vuelta la ciudadanía sí mostró un voto consciente. El resultado fue un rechazo contundente al MAS y a su “proceso de cambio” que terminó en fracaso. El mensaje de la gente fue claro: basta de despilfarro, basta de corrupción, basta de manipulación. Sin embargo, lo que se vive en esta segunda vuelta parece un retroceso: los candidatos han preferido montarse en la ola del voto emocional, evitando con excusas y evasivas abordar los problemas de fondo.

Un candidato que se niega a debatir, otro que evade preguntas incómodas. Ninguno asume la responsabilidad de decirle la verdad al país: que se requieren ajustes duros, que la austeridad será inevitable, que el camino hacia la recuperación no será sencillo. Prefieren seguir atrapados en el guion mediocre, convencidos de que el ciudadano votará movido por resentimientos y nostalgias, y no por un análisis racional del futuro que nos espera.

Bolivia ya no está para telenovelas. Está en terapia intensiva. La economía necesita reactivación urgente, el sistema judicial clama por una reforma estructural, el Estado requiere volver a la normalidad y recuperar credibilidad. El próximo presidente deberá enfrentar una crisis que, si no se gestiona con seriedad, explotará en sus manos. No basta con sonrisas frente a cámaras o frases diseñadas para las redes sociales: se necesitan planes, coraje y visión de Estado.

El 19 de octubre, los bolivianos tenemos que decidir si seguimos atrapados en el guion de siempre, o si apostamos, de una vez por todas, por un cambio verdadero. La emoción pasa; las consecuencias, no.