Editorial

María Galindo

Lo ocurrido recientemente con la activista feminista María Galindo en la Universidad Pública de El Alto (UPEA), en la carrera de Ciencias Políticas...

Editorial | | 2025-09-14 08:17:26

Lo ocurrido recientemente con la activista feminista María Galindo en la Universidad Pública de El Alto (UPEA), en la carrera de Ciencias Políticas, no es un hecho aislado ni sorprendente. No es la primera vez que Galindo es objeto de rechazo. En una ocasión, un grupo de mujeres indígenas la “chicotearon” cuando intentó hacer show a costa de ellas. El patrón se repite: un rechazo hacia una figura que, bajo el manto del feminismo y lo “políticamente correcto”, pretende erigirse como autoridad moral y voz incuestionable.

El problema con Galindo no es solo de formas, sino de fondo. Se reviste de su condición de mujer, de izquierdista y de feminista para blindarse ante cualquier crítica. Cualquier cuestionamiento hacia su conducta es inmediatamente etiquetado como intolerancia, machismo o fobia. Ese escudo ideológico la coloca en una posición en la que no admite debate, inhibe la discrepancia y, por extensión, destruye la posibilidad de una discusión democrática.

Lo que hace Galindo no puede llamarse periodismo. No investiga, no construye pruebas, no contrasta fuentes ni presenta datos. Lo suyo es exhibicionismo, ruido, provocación. Se planta con un micrófono y una cámara, hostiga a funcionarios, humilla a guardias de seguridad o empleados de bajo rango y lanza acusaciones de corrupción sin sustento alguno. Eso, más que periodismo, es una forma de violencia simbólica. Además, constituye un delito: difamar públicamente, acusar sin pruebas, es atentar contra el honor de las personas.

Un periodista que de verdad investiga corrupción trabaja en silencio, busca información valiosa, verifica documentos y finalmente presenta hallazgos sólidos. Ningún corrupto va a “confesarse” frente a una cámara como pretende Galindo. Su método no solo es torpe: es inútil. Ninguna de sus “denuncias” ha tenido consecuencias jurídicas o políticas. Todo se diluye porque nunca hay evidencia real, solo espectáculo.

Galindo es abusiva. Se aprovecha de personas indefensas, ejerce violencia verbal y mediática, degrada y denigra. Lo hace, además, con una agenda política clara: construir su propia figura de liderazgo. Ella no busca justicia ni verdad; busca protagonismo. Cada escena en la que aparece tiene un objetivo: acumular capital político de cara a un cargo eventual.

Que jóvenes de origen aymara en la UPEA la hayan rechazado con tanta firmeza marca un punto de inflexión. No fueron “derechistas conservadores” quienes le cerraron el paso, sino sectores populares, que en teoría deberían sentirse representados por su discurso progresista. Ese detalle es clave: muestra que su retórica no convence a quienes dice defender.

María Galindo se presenta como adalid de los oprimidos, pero en realidad es una mujer violenta que explota su condición de feminista para intimidar y acallar críticas. Su discurso no se sostiene en sociedades libres y democráticas, pues su verdadera intención es cosechar visibilidad gracias al miedo que genera en muchos.

Galindo no es una heroína de la libertad ni una voz de justicia: es un personaje que vive del show y de la provocación. Y mientras no se le enfrente con firmeza, seguirá creciendo a costa del miedo ajeno.