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La segunda vuelta: entre el circo y la ruina democrática

La segunda vuelta: entre el circo y la ruina democrática
Alberto De Oliva Maya | Columnista
| 2025-09-09 06:48:44

Bolivia amaneció con la “esperanza” de una segunda vuelta presidencial, como si esta fuera el remedio mágico para nuestra crónica enfermedad democrática. Dos candidatos se disputan el sillón presidencial, y un tercero se cree dueño del show: un payaso político que oscila entre las amenazas y las iluminaciones repentinas, capaz de hablar como matón de cantina en la mañana y posar de analista doctoral en la tarde.

El problema es que su bipolaridad discursiva ya no solo lo pinta como bufón de feria, sino que arrastra a su propio candidato, Rodrigo Paz, hacia un barranco de desconfianza del que no podrá salir ni con cien comunicadores de crisis.

Este personaje, que cree que gritar más fuerte equivale a liderar, ha terminado por instalar una narrativa peligrosa: la del político que amenaza primero y reflexiona después.

Una especie de Frankenstein electoral que, en lugar de generar certezas, convierte cualquier posibilidad de gobernabilidad en un acto de fe. Lo peor es que ni siquiera necesita ganar para dañar: basta con sus arrebatos para recordarnos que la política boliviana vive en un manicomio donde los pacientes creen dirigir el hospital.

Una democracia de papel mojado… Sí, dejamos atrás al MAS, ese proyecto de izquierda que nos llevó a la quiebra económica y moral. Pero, en lugar de parir un liderazgo sólido, lo que hemos producido es un zoológico de egos desatados, sin brújula ni rumbo. La democracia, en teoría, debería darnos opciones; en la práctica, nos ofrece candidatos que parecen competir por quién hace el ridículo con más elegancia.

Lo que brilla por su ausencia es un liderazgo nacional capaz de convocar, ordenar y gobernar. Nadie, absolutamente nadie, logra instalar una visión de país. Lo que tenemos son eslóganes de segunda mano, promesas vacías y un ejército de operadores políticos que se venden al mejor postor, con la misma dignidad que un vendedor ambulante ofreciendo calcetines en un semáforo.

La Asamblea Legislativa que viene es un claro ejemplo: un mosaico de ambiciones personales, sin programa, sin disciplina, sin más norte que el chantaje al presidente de turno. Cada curul será una taquilla de cobro personal: “te apoyo, pero me das ministerio, embajada o contrato millonario”. Lo que se viene no es gobernabilidad, sino un mercado persa permanente donde se subastará la voluntad política.

Siglas sin partido, partidos sin país… En Bolivia no existen partidos políticos; existen siglas. Letras pintadas en pancartas que se activan cada cinco años, pero que son incapaces de organizarse verticalmente o de controlar a sus elegidos. ¿Qué puede esperarse de una democracia donde el que entra por una sigla se cree dueño de su curul, como si fuera una herencia familiar? Nadie responde a un proyecto político. Nadie responde a una estructura. Nadie responde al pueblo.

Lo que se extraña —y suena hasta irónico decirlo— son verdaderos partidos políticos, con cuadros, formación, verticalidad y disciplina. Hoy lo que tenemos son franquicias improvisadas: agrupaciones que sirven como taxi electoral para oportunistas. Esa es la pobreza democrática: no la falta de votos, sino la falta de instituciones políticas reales que puedan sostener un proyecto nacional.

El futuro inmediato es de chantajes y de una kermesse política… La segunda vuelta se pinta como el “gran momento” de la democracia boliviana. Pero no nos engañemos: gane quien gane, lo que vendrá será un desfile de chantajes. Los parlamentarios, que deberían legislar en nombre del pueblo, se convertirán en mercados de la política. La gobernabilidad será la palabra más prostituida del quinquenio. Y el presidente, lejos de tener un plan de país, deberá dedicarse a negociar migajas con cada caudillo de curul.

En síntesis, hemos cambiado de verdugo, pero seguimos en la misma sala de tortura. El MAS ya no gobierna, pero su herencia —la pobreza institucional, la debilidad de los partidos, la lógica del chantaje— seguirá viva, intacta y más peligrosa que nunca.

Porque ahora ni siquiera hay un enemigo claro a quien señalar, solo un grupo de aprendices de brujo jugando a la política como si fuera un reality show.

Alberto De Oliva Maya | Columnista
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