Editorial

La tierra prometida

En la historia bíblica, Moisés condujo al pueblo judío fuera de Egipto, liberándolos de la esclavitud del faraón.

Editorial | | 2025-09-01 07:11:00

En la historia bíblica, Moisés condujo al pueblo judío fuera de Egipto, liberándolos de la esclavitud del faraón. Sin embargo, aquella gesta no fue recibida con gratitud. Apenas habían dejado atrás el yugo, comenzaron las quejas: no había suficiente comida, no había agua, el desierto era duro y la nostalgia por la vida en Egipto —aunque esclavizante— volvía una y otra vez. Muchos pedían regresar al látigo antes que enfrentar la incertidumbre de la libertad. Moisés, paciente y perseverante, les consiguió maná, les abrió caminos, les recordó que había una meta: la Tierra Prometida. Pero el pueblo dudaba, caía en idolatrías, se dispersaba y se negaba a asumir que la libertad exige sacrificios. Por esa falta de madurez, aquel viaje que pudo tomar una semana se alargó durante cuarenta años.

Bolivia vive hoy un dilema similar. Después de décadas de populismo y autoritarismo, hemos quedado atrapados en un círculo donde, a pesar de reconocer el daño causado, insistimos en volver a elegir el mismo camino. Nos quejamos de la falta de empleo, del desabastecimiento de diésel, del deterioro económico y del desgobierno, pero seguimos esperando soluciones milagrosas. Queremos maná que caiga del cielo sin aceptar que la única salida verdadera exige esfuerzo, disciplina y renuncias.

El 17 de agosto nos colocó frente a una encrucijada histórica: seguir deambulando en el desierto de los falsos mesías políticos o emprender el camino, quizá duro y lleno de incertidumbres, hacia una Bolivia más justa, productiva y libre. Como los israelitas, los bolivianos corremos el riesgo de añorar la esclavitud: preferir un “faraón” que, a cambio de sometimiento, prometa subsidios, bonos y discursos, antes que asumir nuestra propia responsabilidad en la construcción del futuro.

El populismo ofrece atajos seductores. Nos promete la tierra prometida sin atravesar el desierto. Nos dice que habrá prosperidad inmediata, que la economía se reactivará con decretos, que la justicia llegará sin tocar privilegios. Y una parte del pueblo, cansada y herida, aplaude esas ilusiones porque resultan más cómodas que la dura verdad: reconstruir Bolivia demandará sacrificio, trabajo colectivo y visión de largo plazo.

Hoy, los bolivianos debemos preguntarnos si queremos seguir refugiándonos en paliativos que solo prolongan la crisis o si estamos dispuestos a emprender una travesía más exigente, pero liberadora.

Podemos perder otra generación completa en un deambular estéril. Cuarenta años de promesas incumplidas, de caudillos que ofrecen soluciones inmediatas y de un pueblo que prefiere mirar al cielo en lugar de labrar la tierra. Cuarenta años desperdiciados en populismos reciclados, incapaces de reconocer los errores del pasado.

La tierra prometida para Bolivia es un estado de madurez ciudadana y política. Es comprender que no hay libertad sin responsabilidad, que no hay democracia sin instituciones sólidas, que no hay desarrollo sin esfuerzo productivo. Significa elegir líderes capaces de decir la verdad, aunque duela, y ciudadanos capaces de escucharla, aunque incomode.

Los bolivianos tenemos cerca la posibilidad de construir un país distinto. No podemos resignarnos a dar vueltas en círculos, atrapados en el espejismo de los caudillos y el populismo. La decisión es nuestra: tierra prometida o desierto.