Bolivia está como en vísperas de Año Nuevo. Todos están ocupados de la fiesta, de los preparativos y cualquier trámite, proyecto o propósito lo dejamos para la siguiente gestión. “Al año hago dieta”, “en enero comienzo a aprender inglés”, “después del primero inicio un negocio”... Siempre creemos que nos irá mejor, que haremos realidad los sueños, que esta vez será distinto. Hoy pensamos que después del 17 de agosto aparecerá la gasolina, lloverán los dólares, bajarán los precios, el MAS se irá y ya no habrá bloqueos, tampoco avasallamientos y la justicia se pondrá a derecho…Ojalá fuera cierto, pero ni en cien días, en un año -y mucho menos, de manera automática-, desaparecerán los problemas que tanto nos agobian. Es por eso que los bolivianos debemos quitarnos de la cabeza uno de los males más arraigados en el país, el cortoplacismo, las recetas mágicas, los milagros y sobre todo, los milagreros. Eso no quiere decir que las cosas no cambien y que nuestra situación no mejore. Sí lo hace, sí progresamos, pero jamás de la noche a la mañana y mucho menos por obra y gracia de magos de plazuela, esos que venden remedios que curan todo.