Panorama

200 años divididos

200 años divididos
Rolando Tellería A. | Profesor de Ciencias Políticas de la UMSS
| 2025-08-05 00:01:00

En este Bicentenario, estoy seguro de que es poco lo que tenemos que celebrar. Más que festejar, creo que debemos reflexionar sobre nuestra dramática realidad. Nuestra historia no es muy feliz y podría resumirse, como sostuve en una anterior columna, en cuatro palabras: odio, saqueo, corrupción y despilfarro. Alentados por el odio y el resentimiento, hemos vivido, casi siempre, étnica y regionalmente enfrentados y divididos.

Como consecuencia de aquello, y sobre todo como resultado de los últimos 20 años del régimen masista —el más nefasto de la historia—, la conmemoración de los 200 años nos encuentra aún más divididos. El Bicentenario también nos encuentra en la peor crisis económica, política, social e institucional. Esta última, totalmente destrozada.

Para conocer mejor este triste presente y proyectar la construcción de un mejor futuro, es importante mirar el pasado y reflexionar.

Cuando analizamos a Bolivia, ciertamente no podemos dejar de tomar en cuenta la colonia. Para los efectos de esta reflexión, sin embargo, nuestro punto de partida será la fundación. En ese sentido, sobre la independencia y el nacimiento de Bolivia existe una marcada polémica. Hay versiones que sostienen —sobre todo las de la historia oficial— que se trató de una emancipación que propició, y tuvo como resultado, la liberación de la Corona y la fundación de la República.

Sin la intención de reducir a lo absoluto, considero que el nacimiento de Bolivia no estuvo íntimamente ligado a la verdadera intención de fundar una República. Asumiendo el riesgo de ser “excomulgado”, me atrevo a afirmar que fue más bien un pretexto. En el fondo, lo que la élite criolla emancipada pretendía fue, con la misma estructura de dominación colonial, apropiarse de toda la riqueza que se enviaba a la Corona. Ahí está nuestra primera gran malformación.

A eso debemos sumar otra, más terrible. Los “próceres criollos”, al fundar Bolivia, excluyeron a las grandes mayorías indígenas de su proyecto de República al no reconocer sus derechos. Tuvieron que transcurrir 127 años para que recién en 1952, a través del voto universal, se les reconociera la ciudadanía. Esto, imprescindible, debió suceder en la fundación. Estos “próceres”, a quienes seguramente rendiremos grandes y pomposos homenajes con ocasión de celebrar los 200 años de “independencia”, excluyeron al “indio” de su proyecto de país.

Vean bien: desde ahí, Bolivia nace dividida. El resultado acumulado de todo esto es el antagonismo y la polarización, que salen a flor de piel en momentos de crisis, cuando aparecen las dos Bolivias, expresadas en la confrontación de la tricolor con la wiphala, que —dicho sea de paso— hoy está presente en casi todos los lugares, sobre todo en actos oficiales.

En estos 200 años, las élites no tuvieron la capacidad ni la voluntad política de disipar este gran clivaje, que nos detiene y no nos permite avanzar. Esta fractura no resuelta entre “indio y blanco” amenaza permanentemente la viabilidad del país. Si no resolvemos este gran problema, con un proyecto nacional integrador que nos permita un mínimo de cohesión, nuestro futuro es incierto.

Las élites políticas, en estos dos siglos —en mi clasificación arbitraria de cuatro ciclos estatales—, jamás se ocuparon de subsanar y poner fin a esta división. En el primero, denominado Oligárquico Minero-Feudal, que tiene inicio en la fundación y se prolonga hasta 1952, las élites políticas, al implementar un Estado excluyente, segregador y extremadamente racista, replicaron la estructura de dominación colonial. Reprodujeron, también, el “darwinismo social” que proclamaba la superioridad del blanco y la inferioridad del indio.

La nueva élite que toma el poder con la Revolución del 52, y que da inicio al segundo ciclo estatal, si bien realiza grandes transformaciones al implementar el voto universal, otorgando la ciudadanía a todos sin ninguna exclusión, no logra resolver en el fondo esta gran fractura. Más allá de “liberarlos” e integrarlos a su proyecto de modernización, solo los utilizaron política y electoralmente. El Movimiento Nacionalista Revolucionario ganó varias elecciones con el famoso “voto campesino”. Obvio: serán siempre mayoría en el padrón electoral.

Luego, la nueva élite neoliberal, en el tercer ciclo que se inicia en 1985 con el Decreto 21060, si bien reconoce el carácter multicultural y multilingüe de Bolivia, en sus políticas no incluye al sujeto indígena. El fin de la exclusión social, la discriminación y el racismo no estuvo en su horizonte.

Pues bien, la nueva élite, con presencia mayoritariamente indígena, que toma el poder en el ciclo del Estado Plurinacional, si bien realiza grandes e importantes transformaciones —como el reconocimiento de 36 naciones, el pluralismo jurídico, la democracia intercultural y el reconocimiento de autonomías indígenas—, en los hechos, más que acabar con la división, la profundiza, exacerbando en niveles nunca vistos el odio y el racismo. Evo Morales y el Movimiento al Socialismo, portadores insuperables de resentimiento y odio, profundizaron la fractura.

Si esa es la realidad de nuestro presente, ¿cómo podríamos construir, entonces, pensando en las generaciones que vienen, un mejor futuro? La reflexión claramente apunta a que debemos acabar con la división. Solo unidos en la diversidad —algo, por cierto, muy complejo—, aceptándonos como somos y poniendo un alto a ese terrible mal que arrastramos desde la colonia, podremos mirar con alguna esperanza el futuro. Eso que las élites nos han privado, al dividirnos más, incentivando odios y haciéndonos pelear entre hermanos.

Es de esperar, para retomar la esperanza y el sueño de un mejor país, que el futuro gobierno inicie el camino para acabar con esa división que tanto daño ha provocado. Insisto: Bolivia, así dividida, nunca será viable.

*El autor es profesor de la carrera de Ciencia Política de la Universidad Mayor de San Simón.

Rolando Tellería A. | Profesor de Ciencias Políticas de la UMSS
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