No hay otra conclusión posible: Dina Boluarte tiene razón. A pesar de su impopularidad, de las investigaciones fiscales y de los errores cometidos, la mandataria peruana ha dicho una verdad contundente y amarga: quisieron convertir a Perú en un país fallido como Cuba, Venezuela o Bolivia y estuvo en manos del Estado evitar ese destino.
El intento de golpe de Pedro Castillo en diciembre de 2022 no fue un acto aislado ni fruto de una decisión desesperada. Fue parte de un proyecto mayor, articulado y financiado, que buscaba llevar a Perú al eje del socialismo del siglo XXI. Evo Morales y operadores del Foro de São Paulo jugaron un rol decisivo en ese momento. No solo respaldaron la aventura autocrática de Castillo, sino que promovieron y agitaron las protestas posteriores como parte de un plan desestabilizador. Querían una nueva constituyente al estilo chavista, elecciones amañadas en medio del caos y, por supuesto, el quiebre del modelo económico que ha sostenido a Perú durante décadas.
Mientras otros países sucumbían a la demagogia y al populismo, Perú supo resistir. Con vaivenes, con contradicciones, pero con una brújula clara: preservar el crecimiento económico, la inversión privada, el respeto a la propiedad y el sistema de libertades.
La metáfora no puede ser más clara: mientras la región se extravía, Perú se encamina. Ha sido criticado, calumniado, presionado desde dentro y fuera, pero ha sabido sostener su institucionalidad democrática incluso en medio de tormentas. Derrotó al terrorismo de Sendero Luminoso y ahora combate la criminalidad y el sicariato sin vacilar. El uso de las Fuerzas Armadas en apoyo a la policía, aunque polémico, muestra que el Estado no ha renunciado a ejercer su autoridad.
El mérito no es sólo de Boluarte, sino del país. De sus ciudadanos, de sus instituciones, de un sector empresarial que ha sostenido el motor productivo pese a la inestabilidad política. Incluso de líderes pasados —como Alberto Fujimori— que, con todos sus excesos, tuvieron el coraje de ponerle fin a la barbarie terrorista.
Pedro Castillo no fue un simple maestro rural equivocado. Fue el caballo de Troya de un proyecto transnacional, con vínculos claros con el castrochavismo, que pretendía entregar el Perú al modelo cubano-venezolano. La represión a las protestas fue dolorosa y dejó heridas, pero habría sido mucho más grave permitir que ese plan avanzara.
Hoy Boluarte lo dice con crudeza y tiene razón: se evitó un desastre. Perú pudo haber terminado con tarjetas de racionamiento, con control de precios, con escasez de alimentos, con miles de jóvenes emigrando a pie por la frontera. En cambio, sigue creciendo, atrayendo inversiones y luchando contra la pobreza.
Perú no es un país perfecto, pero goza de mayor libertad que el resto. Y en América Latina, eso ya es un triunfo. Por eso, aunque Boluarte no sea la heroína que todos quieran aplaudir, su mensaje del 28 de julio es innegable: Perú tiene la razón. Y mientras otros siguen retrocediendo como el cangrejo, Perú sigue avanzando, con paso firme, por el camino de la libertad y el desarrollo.
Aunque Dina Boluarte no sea la heroína que todos quieran aplaudir, su mensaje del 28 de julio es innegable: Perú tiene la razón. Y mientras otros siguen retrocediendo como el cangrejo, Perú sigue avanzando, con paso firme, por el camino de la libertad y el desarrollo.