"Tres veces naufragué, y pasé un día y una noche en medio del mar."
(2 Cor 11,25)
Cuando vine como misionero a Bolivia en 1988, debí haber seguido el consejo de Jesús al enviar a sus discípulos en misión: «No lleven nada para el camino» (Lc 9,3). Pero yo me estaba mudando de un país a otro y, además de mis equipajes (en aquel entonces sin ruedas), llevaba varias cajas de cosas útiles para mi gran aventura.
En Miami tenía más de 10 horas entre vuelos, pero nadie atendía el mostrador del Lloyd Aéreo Boliviano hasta poco antes del vuelo nocturno. Tuve que cuidar mis cosas todo el día sin poder ir al baño. Al llegar al nuevo aeropuerto de Viru Viru, nos entregaron una hermosa rosa de bienvenida, para la cual me faltaba una mano que la sostuviera.
Desde entonces he hecho el viaje de ida y vuelta más de cien veces, por lo que he recorrido muchas rutas y vivido toda clase de experiencias, incluso despegues y aterrizajes abortados. Aunque hasta ahora no me ha pasado nada tan dramático como a San Pablo en sus “innumerables viajes”, con tres naufragios en alta mar.
En mi último retorno de EE.UU. a Bolivia, después de experiencias muy desagradables con otras líneas, mi agencia de viajes me persuadió a tomar BOA hasta Miami. Yo mismo decidí, después de tantos años y por mi edad, darme el lujo de viajar en Primera Clase. Mi ida a EE.UU. fue un hermoso sueño, con los vuelos llegando temprano. Mi retorno no fue así.
El primer tramo, en American Airlines, hasta Chicago, fue postergado varias veces por desperfectos del avión, hasta que fue necesario traer otro, lo que finalmente imposibilitó las conexiones, incluso en Miami. American me reprogramó los vuelos dos días después, sin costo alguno, pero Boliviana de Aviación se portó como Boa constrictor, cobrando por “reajuste tarifario” $1.115.
Quita las ganas de apoyar a la línea nacional. Es costumbre, al llegar al destino, que agradezcan la preferencia de los pasajeros, pero generalmente no tenemos otra opción. Las demoras son frecuentes y sin explicación alguna. A veces se olvidan de encender el aire acondicionado.
Lo más triste, al pasar por los principales aeropuertos de Bolivia, es ver los cementerios de aviones del LAB y AeroSur. En Santa Cruz, el famoso “Avión Pirata” es un atractivo turístico; Cochabamba goza del Biblioavión de la Fundación Patiño. Pero aquellas aeronaves abandonadas como chatarra alrededor de nuestros aeródromos son testigos silenciosos de un “proceso de cambio”, como el de LaMia 2933, que despegó el 28 de noviembre de 2016 sin suficiente combustible para llegar a su destino.
BOA, gracias a Dios, no ha sufrido nada parecido hasta ahora, pero se estrella económicamente, al igual que el Estado Plurinacional, en picada.
Se dice que Bolivia tiene los mejores pilotos del mundo. Así lo exigen aeropuertos como el de El Alto por su altura, o la corta pista de Sucre. En mi experiencia, el personal de vuelo también se comporta de manera muy amable y profesional.
Pero el cambio de SABSA a NAABOL fue, en realidad, la despedida de los operadores con más experiencia y mejor remunerados, reemplazados por novatos mal pagados. Toma tiempo aprender un rubro tan complejo. Seguramente por eso hubo muchos incidentes, como el famoso gato perdido, y otras situaciones que dejaron a los pasajeros también perdidos.
Quizás sea hora de refundar a BOA, junto con Bolivia, con un nombre más digno y alusivo a la aviación, y no a una culebra que mata por paro circulatorio. Me gustaría “Jabirú Airlines”, por el bato Jabiru mycteria, una de las aves voladoras más grandes y hermosas de Bolivia, y del mundo. Especialmente en vuelo, son majestuosas.
Quisiera volar por los cielos de Bolivia y del mundo como ellas.
Dios te bendiga.