No solo se van los jóvenes, los profesionales o las familias enteras que buscan en otro país lo que Bolivia les niega. También se van —y no vuelven— las empresas, los inversionistas y el capital. Un reciente informe de la CEPAL habla del profundo desprecio que hay en Bolivia por la inversión extranjera. En 2024, nuestro país captó sólo 247 millones de dólares en inversión extranjera directa, el 0,1% del total regional. Mientras países como Brasil y México concentran más del 50%. La tendencia es estructural: en 2021 atrajimos 840 millones, hoy apenas una cuarta parte. ¿Qué cambió? Nada, salvo que se profundizó un modelo que ahuyenta la inversión: inseguridad jurídica, hostilidad al empresario, trabas burocráticas y un clima político cada vez más tóxico. El capital no es militante ni patriota, solo va donde lo tratan bien. Por eso hoy estamos al margen del repunte regional de inversión extranjera. Ni el litio logra seducir cuando el entorno político es tóxico. El reto principal es conseguir el retorno, pues sin inversión la única compañera fiel será la pobreza.