Todas las encuestas coinciden: el bloque masista se desploma, la izquierda no despega y la oposición —encabezada por Samuel, seguido por Tuto— se perfila como ganadora sin mayores sobresaltos. A mes y medio de las elecciones, el panorama parece despejado para un cambio de ciclo. Pero que no nos engañe la calma: ya lo vimos en 2019. También entonces parecía todo resuelto y el desenlace fue una tormenta. El problema es justamente que el escenario luce demasiado ordenado. Demasiado fácil. Como si bastara con sumar los porcentajes y esperar el resultado. Pero la política boliviana no es un Excel, es un campo minado de sorpresas, tensiones y trampas. Hoy la oposición parece ir sobre rieles, pero aún queda el 15,5% de indecisos, y casi otro tanto opta por el voto nulo o blanco. La verdadera elección podría estar ahí. No hay que cantar victoria antes de tiempo. Que los errores del pasado no se repitan por exceso de confianza. Porque la historia, cuando no se aprende, tiende a vengarse.