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Cuando pensar se vuelve delito y el poder hace comedia judicial

Cuando pensar se vuelve delito y el poder hace comedia judicial
Alberto De Oliva Maya | Columnista
| 2025-04-14 01:11:03

¡Paren las rotativas! ¡Detengan a los economistas! ¡Cierren las facultades de administración pública! Porque, atención, país: hemos dado con el culpable de la debacle nacional… Y no, tranquilos, no es la desastrosa gestión económica, ni la corrupción galopante, ni el despilfarro crónico de nuestros recursos. ¡Qué va! El verdadero enemigo de la estabilidad nacional tiene nombre, apellido y hasta canal de YouTube en el Ministerio de Gobierno.

Mientras el dólar decide emanciparse y cotizarse como si viviéramos en Suiza, los precios se elevan como globos aerostáticos y los ahorros del pueblo desaparecen con más agilidad que un ministro ante una interpelación, el gobierno —esa fábrica de creatividad sin límites— ha encontrado una solución mágica: culpar a los opinadores.

Sí, señoras y señores, el problema no es el modelo económico oxidado, ni el narcoestado en expansión, ni la incompetencia generalizada. El problema, al parecer, son Jorge Valda, Jaime Dunn, Joshua Bellot, Paul Coca, Gonzalo Chávez, Ana María Morales y cualquier otro que tenga la osadía de usar el cerebro en horario no autorizado.

Podríamos llamarlo la Inquisición versión 2.0, porque nos recuerda que en este país existen personas con una elegancia digna de inquisidores medievales y una lógica que haría sonrojar a cualquier tribunal de Kafka (uno de los escritores más influyentes en la literatura universal, pionero en la mezcla del realismo y lo fantástico), porque se ha iniciado una nueva cacería de brujas. ¿Pruebas? ¿Evidencia? ¡Qué anticuado! Aquí lo que vale es la narrativa oficial, esa donde los hechos son opcionales y los montajes en video cuentan como “pruebas irrefutables”. ¿Qué sigue? ¿Confesiones arrancadas por TikTok? ¿El secuestro como arma disuasoria? Tal como lo hicieron con Camacho.

La economía colapsa, el pueblo sobrevive a punta de paracetamol y creatividad, pero el gobierno no pierde el toque teatral: produce series políticas en tiempo real. Su más reciente estreno: “Persecución selectiva: temporada electoral”. Trama simple, villanos predecibles, protagonistas incómodos. Y como toda buena producción, cuenta con el financiamiento del Estado (o sea, de nosotros). Lástima que ya no tenemos ni para pagar el boleto.

Esto no es MAS que una “justicia a la carta con jueces gourmet”. Sin que nos olvidemos del elenco secundario: los flamantes “nuevos jueces”, elegidos con la transparencia de un concurso de belleza sin jurado y con el entusiasmo del que va a votar con la nariz tapada. A ustedes, queridos administradores de justicia, les preguntamos: ¿seguirán el guión o improvisarán algo de decencia?

¿No era que queríamos cambiar todo lo que nos indignaba? ¿O el cambio era solo de disfraces, y seguimos con el mismo guión, el mismo director, pero con actores de reemplazo? Porque si esto es la nueva justicia, entonces la antigua era casi venezolana.

Lo que es real es que no se persigue al que miente, sino al que incomoda. Lo que resulta verdaderamente alarmante, ya que no es que el gobierno acuse a estos opinadores de ser los arquitectos del caos (que sería un halago inmerecido), sino que se lo haga con la bendición del silencio generalizado. Aquellos que hace apenas meses exigían "cambios" en la justicia, hoy se acomodan en los sillones del poder con una facilidad envidiable, aplaudiendo cada nueva arremetida contra la disidencia con la pasión de un fanático.

Porque cuando el poder teme, no corrige. Persigue. No busca culpables reales, sino funcionales. Necesita rostros para apuntar, distractores que permitan mantener el show en pie mientras el telón del país se deshilacha.

Jorge, Jaime, Joshua, Paul y compañía no son enemigos del Estado. Son apenas el espejo en el que se refleja la decadencia de un régimen que ya no gobierna: solo administra la crisis… y mal. Mientras tanto, los verdaderos responsables siguen blindados, los contratos siguen inflándose, y la miseria sigue multiplicándose.

El circo sigue, pero el pueblo ya no ríe. ¿Será que el siguiente paso es prohibir pensar? ¿Proscribir candidaturas incómodas? ¿Reeducarnos en base a TikLoks estatales? El autoritarismo suele disfrazarse de legalidad, pero tarde o temprano se le cae el antifaz… y lo que queda es el cinismo puro, sin maquillaje.

Si la justicia es real, que hable con pruebas. Si el poder es legítimo, que no le tema a la crítica. Porque cuando se encarcela la palabra, es porque se ha perdido el argumento. Y cuando el poder necesita enemigos para justificarse, es porque ya no tiene proyecto.

Pero tranquilos, compatriotas. Aún podemos dormir con la conciencia tranquila: el dólar puede estar a 13, la gasolina y el diésel desaparecidos, los alimentos impagables… pero al menos ya sabemos quién tiene la culpa. ¡Los analistas de redes! Increíble, pero eso viene sucediendo.

Conozco personalmente a muchos de los señalados en esta absurda cruzada oficial. No son enemigos del país, ni desestabilizadores, ni actores de una conspiración ficticia. Son ciudadanos íntegros, comprometidos con la verdad, con el debate libre y con el deseo de construir un país mejor.

Hoy son perseguidos por pensar, por opinar, por no callar. Y en un país donde el silencio se premia y la crítica se criminaliza, estar de su lado no es solo un acto de amistad, es una declaración de principios.

A Jorge Valda, Jaime Dunn, Joshua Bellot, Paul Coca, Gonzalo Chávez, Ana María Morales y tantos otros que han sido convertidos en chivos expiatorios por un poder que ya no sabe cómo sostenerse: mi total respaldo. Doy fe de su integridad, su honestidad y su compromiso con la libertad.

Porque cuando el Estado persigue a los justos, es deber de todos alzar la voz. Hoy más que nunca, estar con ellos es estar del lado correcto de la historia.

Alberto De Oliva Maya | Columnista
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