Editorial

¿Está Bolivia lista para su propio “Fujimorazo”?

Bolivia lleva más de tres décadas girando en círculos, atrapada en un juego repetido donde los rostros cambian poco y los vicios permanecen intactos...

Editorial | | 2025-04-13 00:10:00

Bolivia lleva más de tres décadas girando en círculos, atrapada en un juego repetido donde los rostros cambian poco y los vicios permanecen intactos. Desde el retorno a la democracia en 1982, la política ha sido secuestrada por una élite que no se renueva, que no escucha, que no entiende.

Lo ocurrido con el reciente fracaso del intento de unidad opositora no es más que la confirmación de esta tragedia nacional: los actores son los mismos de siempre, con sus viejas mañas, sus cálculos errados, su visión reducida de la política como un negocio y el Estado como botín.

Mientras tanto, el MAS, que llegó como la promesa de una transformación, se ha convertido en una estructura autoritaria, con rasgos crecientes de partido único y una deriva alarmante hacia el modelo cubano. La democracia está exhausta, sin instituciones creíbles, sin justicia, sin reglas claras. La economía, atrapada en un populismo extractivista, se dirige al colapso. La sociedad, desilusionada y desconectada, mira con desesperanza un escenario sin salidas.

En este contexto, la pregunta que empieza a ganar fuerza es inevitable: ¿es posible un “Fujimorazo” en Bolivia? ¿Puede surgir, en medio de este agotamiento colectivo, una figura inesperada, ajena a los partidos tradicionales, con una propuesta clara y disruptiva, capaz de romper el tablero político como lo hizo Alberto Fujimori en Perú en 1990?

La comparación no es caprichosa. En ese momento, el Perú vivía una situación límite: hiperinflación, terrorismo, descomposición institucional. El establishment apostaba por Mario Vargas Llosa, pero el pueblo eligió a un outsider: un desconocido ingeniero agrónomo que, con un discurso sencillo y directo, se ganó la confianza de una ciudadanía harta de los discursos tecnocráticos y las promesas vacías.

Fujimori no solo ganó la elección; cambió las reglas del juego. Sus reformas sentaron las bases de una economía de mercado que ningún gobierno posterior se atrevió a revertir. Su posterior autoritarismo es otra historia, pero su irrupción fue, sin duda, un punto de quiebre.

Hoy Bolivia reúne todas las condiciones para que algo así ocurra. La clase política tradicional está colapsada, el oficialismo ha perdido el rumbo democrático y la ciudadanía se siente huérfana de representación.

La aparición de un outsider auténtico —no un demagogo, sino alguien con solvencia, visión y coraje— podría canalizar ese malestar y transformarlo en una propuesta concreta de reconstrucción nacional. No se trata de copiar a Fujimori, sino de provocar el mismo efecto: romper con lo previsible, sacudir la inercia, recuperar la esperanza. El país necesita con urgencia una figura nueva que no confunda política con cuoteo, sino que llegue a proponer un nuevo comienzo.

Si el pueblo boliviano es sabio, si logra identificar que la salida no está en los de siempre, sino en lo distinto, entonces un “Fujimorazo” no solo es posible, es necesario. Porque lo que está en juego no es una elección más. Es el destino mismo de nuestra democracia.