Editorial

¿Es tan malo lo que hace Trump?

Y al final, ambos dieron resultados que sus críticos jamás imaginaron. El tiempo revela lo que la histeria colectiva no deja ver.

Editorial | | 2025-04-07 06:55:28

Por años, en Europa y América Latina hemos hecho del prejuicio una doctrina. Nos escandalizamos cada vez que Estados Unidos da un paso fuera de la ortodoxia globalista. Lo hicimos con Reagan, lo repetimos con Trump. Y al final, ambos dieron resultados que sus críticos jamás imaginaron. El tiempo revela lo que la histeria colectiva no deja ver.

El regreso de Donald Trump a la escena política y económica no debería provocar alarma, sino reflexión. Sus políticas no son caprichos de un millonario impulsivo, sino respuestas estratégicas a una economía mundial desigual, donde las potencias rivales juegan con reglas diferentes. Aranceles, incentivos internos, repliegue internacional: todo apunta a proteger la soberanía productiva y reactivar la economía real.

¿Aranceles? Sí, pero con propósito. Trump no está inventando el proteccionismo, está devolviendo la moneda. China, Europa y otros llevan años aplicando barreras comerciales a productos estadounidenses. La diferencia es que Trump lo hace de forma abierta, sin hipocresía. Su objetivo es claro: recuperar industrias, estimular la producción local, fortalecer al pequeño productor y generar empleo. ¿No era eso lo que pedían quienes se llenan la boca con justicia social?

La jugada económica es audaz: empujar el capital hacia los bonos del Tesoro, presionar a la Reserva Federal para bajar tasas y abrir la puerta al crédito barato. Esto significa inversión, dinamismo, negocios rentables y un mercado más fuerte. Mientras tanto, las tarifas obligan a las empresas a dejar de depender de proveedores extranjeros y a producir dentro del país, lo que estabiliza el empleo y reduce la dependencia de potencias como China.

Pero Trump no solo está pensando en economía. Su estrategia internacional es igual de clara. Al debilitar la alianza China-Rusia, garantizar presencia estadounidense en Ucrania y retirar al país de organismos ineficientes como la OMS o el Acuerdo de París, está redefiniendo el papel de Estados Unidos en el mundo. La defensa de la democracia no pasa solo por discursos, sino por decisiones firmes. ¿De qué sirve permanecer en tratados que castigan a los productores norteamericanos mientras China contamina sin consecuencias?

Muchos critican estas posturas sin entender que el mundo que Trump propone es uno donde la libertad y la soberanía nacional vuelven al centro. No se trata de aislarse, sino de competir con reglas justas. Y para eso hace falta incomodar a los burócratas globales y enfrentar a las potencias autoritarias con claridad. La democracia se defiende también con poder económico y liderazgo firme.

¿Estamos viendo esta jugada o seguimos huyendo de ella? La oportunidad está en marcha. Solo falta decidir si vamos a formar parte del cambio o si seguiremos aferrados a discursos vacíos mientras el mundo real se transforma delante de nosotros.

El mundo necesita líderes que incomoden, que piensen fuera del molde. Trump, con todos sus excesos y errores, tiene algo que falta en casi todos los demás: visión estratégica. Y si de verdad queremos oportunidades, libertad y crecimiento, ya es hora de que miremos más allá de nuestros prejuicios.