Editorial

Narcotráfico brutal

El gobierno de Luis Arce enfrenta una realidad que ya no puede maquillar ni disimular: Bolivia se ha consolidado como un narcoestado. La brutalidad y la frecuencia...

Editorial | | 2025-02-22 00:08:00

El gobierno de Luis Arce enfrenta una realidad que ya no puede maquillar ni disimular: Bolivia se ha consolidado como un narcoestado. La brutalidad y la frecuencia de los asesinatos ligados al crimen organizado lo confirman. La protección del oficialismo al narcotráfico ha permitido que este se expanda sin freno, penetrando las estructuras del estado y mostrando sus tentáculos en forma de violencia y muerte.

El reciente asesinato del capitán de Policía José Carlos Aldunate Meneses, ejecutado con un modus operandi digno de las mafias más despiadadas, es solo la última prueba de que el narcotráfico no solo opera en el país, sino que ha infiltrado sus instituciones más importantes.

Los datos hablan por sí solos: en una sola semana, siete personas fueron acribilladas en el país. Tres de ellas, en San Ignacio de Velasco, otra en Concepción, mientras que Aldunate fue ejecutado en Santa Cruz.. La violencia no es un fenómeno aislado ni circunstancial, sino la consecuencia directa de la penetración del narcotráfico en el país.

El discurso oficial del régimen, que se autoproclama el más eficaz en la lucha contra las drogas, se desploma ante la realidad. Los operativos anunciados con bombos y platillos no son más que una puesta en escena en la disputa de poder entre el arcismo y el evismo, una lucha interna donde la verdadera batalla no es contra el narcotráfico, sino por el control del negocio. Desde el propio MAS se ha sugerido que el asesinato del capitán Aldunate podría estar vinculado a extorsiones estatales a narcotraficantes, revelando la profundidad de la complicidad gubernamental.

El narcotráfico ha convertido a la Policía en una estructura altamente penetrada por las mafias. Aldunate no era cualquier oficial: fue estrecho colaborador del viceministro de Régimen Interior, Jhonny Aguilera, un personaje que aún le debe muchas explicaciones al país por sus vínculos con oscuros episodios. Además, según revelaciones del investigador chileno Hugo Bustos, el oficial asesinado había sido denunciado hace tres años por robo de vehículos y narcotráfico. ¿Cómo es posible que alguien con estos antecedentes siguiera en funciones y vinculado a las altas esferas del poder?

Lo que está ocurriendo en Bolivia no es una simple crisis de seguridad; es la confirmación de que el Estado ha sido rebasado por los narcos. Los asesinatos a plena luz del día, los ajustes de cuentas en las fronteras y la escalada de violencia muestran que los carteles operan con total impunidad. La penetración del narcotráfico en la Policía, la justicia y la política convierte al país en un territorio donde la ley ya no es aplicada por el Estado, sino por las mafias que imponen su propia justicia.

El gobierno de Arce puede seguir negando la realidad, pero cada asesinato, cada denuncia y cada escándalo hacen más evidente la verdad: Bolivia se ha convertido en un narcoestado. Y mientras el poder siga protegiendo a quienes manejan el negocio, la violencia seguirá escalando hasta que sea imposible de contener.