No habría por qué satanizar la convocatoria al uso de las armas que hizo el cocalero Morales. Aunque sea un cínico y critique lo que él mismo construyó, la impotencia que provoca vivir en una dictadura puede llevar a la gente a proponer situaciones extremas.
Hay muy pocos ejemplos en la historia de tiranos que se fueron por las buenas. Todos saben perfectamente que el poder no se entrega jamás. Estamos hablando de sujetos adictos al poder, que han construido enormes redes de corrupción y que se deben a amplios esquemas geopolíticos y cárteles criminales que les brindan respaldo. Además, están pertrechados para enfrentar toda clase de amenazas.
El ejemplo más cercano es el de Nicolás Maduro, una sátrapa odiado y despreciado por su pueblo, que enfrenta el aislamiento y la censura internacional después del descomunal fraude cometido. Hay pruebas de sobra sobre el martirio al que somete a los venezolanos: torturados, obligados a padecer hambre y huir del país. Sus vínculos con el narcotráfico son evidentes, pero ni con toda la presión del mundo ni con la estrepitosa derrota que sufrió en las urnas quiere abandonar el poder.
Según encuestas, los venezolanos apoyan masivamente una salida violenta de la dictadura. Desde hace años claman para que alguna potencia extranjera despliegue tropas que derroten a los militares que respaldan a Maduro. Si pudieran, ellos mismos tomarían las armas para derrocar al dictador, pero eso no es posible porque el régimen ha logrado apoderarse de las fuerzas armadas, las cuales trabajan en alianza con bandas criminales y narcotraficantes para someter al pueblo.
El mundo civilizado prácticamente ha aplaudido la acción militar que derrocó a la dictadura siria comandada por Bashar al-Ásad, cuya dinastía sometió al país con mano de hierro durante más de 50 años. Las armas han sido el único método para acabar con la opresión de un sistema asesino, terrorista y mafioso, respaldado por Rusia e Irán, naciones que también apoyan a Nicolás Maduro.
Existen sobradas evidencias de que Luis Arce quiere imitar a Maduro y también al nicaragüense Daniel Ortega. Su intención es perpetuar la dictadura masista a través del fraude y la represión. Con una justicia cooptada y la complicidad de la policía y los militares, está decidido a que la dictadura prevalezca más allá del rechazo que muestran los datos estadísticos, reflejo del alto nivel de desprecio popular. Para colmo, la crisis agobia y el gobierno no parece dispuesto a aplicar medidas correctivas que despejen las amenazas de crisis alimentaria. La idea de los gobernantes es que los bolivianos se queden de brazos cruzados, inmovilizados por el miedo, resignados, como pasa con los cubanos.
En estas circunstancias, resulta lógico que los defensores de la libertad—y no es el caso de Evo Morales, cuyo propósito es muy distinto—estén dispuestos a luchar en las calles para resistir la dictadura y recuperar la libertad. Es justamente lo que pasó en 2019, una epopeya ciudadana que debe repetirse para evitar que Luis Arce nos arrastre hacia la destrucción total.