Por qué no debe sorprender que Donald Trump sea un pacificador, a pesar de su talante agresivo, su verbo ríspido y su tono amenazante. Sin haber ocupado la Casa Blanca ya se anotó el enorme triunfo de un acuerdo de cese al fuego entre los terroristas de Hamas e Israel, pacto que ha sido rechazado por los ultraderechistas del gobierno israelí, que supuestamente comparten la misma ideología del magnate neoyorquino.
Afortunadamente Trump no tiene ideología, es un capitalista que sólo busca expandir el comercio, una meta que requiere un mundo pacífico. Para ello, según sus críticos, está dispuesto a negociar hasta con el diablo con tal de mantener los negocios fluyendo.¿Acaso no es eso lo que enseña el famoso y admirado sabio Sun Tzu, en su libro “El Arte de la Guerra”, cuyas ideas centrales son “armarse para persuadir al enemigo” y que “la mejor guerra es la que se puede evitar”.
El capitalismo no es un dogma ni un postulado ideológico, de hecho puede funcionar con cualquier sistema político, incluso bajo una dictadura comunista como la China, donde ha sacado de la pobreza a 800 millones de personas.
El capitalismo es una herramienta que se nutre de tres factores: el ahorro, la inversión y el trabajo, elementos que necesariamente requieren un contexto de paz para prosperar y hacer progresar a la gente. La paz proporciona estabilidad, esencial para la confianza de los inversores y la expansión de los mercados. En situaciones de conflicto, los riesgos aumentan, se desalientan las inversiones y se encarecen los costos de operación.
Las guerras suelen interrumpir las cadenas de suministro y dificultar el comercio internacional. En un entorno pacífico, las empresas pueden operar libremente, exportar e importar productos y acceder a recursos y mercados sin obstáculos.
Los conflictos implican costos elevados, como la destrucción de infraestructura, el desvío de fondos hacia el esfuerzo bélico y la pérdida de vidas humanas. En tiempos de paz, los gobiernos y las empresas pueden destinar recursos a actividades productivas y al desarrollo en lugar de a la reconstrucción o el conflicto.
En tiempos de paz, las personas adquieren mayor capacidad de consumo, ya que no enfrentan la incertidumbre y las restricciones propias de un conflicto. El consumo es un motor clave del capitalismo, y una sociedad en paz fomenta el crecimiento de la demanda.
Sin guerras, las alianzas económicas y comerciales entre países prosperan. Esto permite a las empresas aprovechar ventajas como el acceso a nuevos mercados, la especialización y las economías de escala. En tiempos de guerra, la propiedad puede ser confiscada, destruida o desvalorizada, lo que va en contra de los intereses capitalistas.
En contraste, al socialismo le conviene la guerra, porque es el medio más eficaz para agrandar el estado, encumbrar a los caudillos y dictadores y posponer las prioridades de la sociedad y los problemas reales de la ciudadanía a nombre de la soberanía y la defensa de la patria. Este sistema se alimenta del enfrentamiento, del conflicto, del odio y para ello suelen inventarse enemigos, territorios por conquistar y reivindicaciones simbólicas, mientras el pueblo se sume en la pobreza.