Qué bueno que tengamos todavía un país de seres humanos que se preocupan por una tortuga maltratada y por una señora que recogía tunas y que fue víctima de un patán. Qué bueno que las autoridades se movilicen tan rápidamente para castigar a los culpables, ayudar al animalito y a esa pobre mujer, que incluso ha motivado el interés de Luis Arce. Ya hubieran querido desatar la misma sensibilidad los millones de animales silvestres que perecieron durante los incendios de la Chiquitania, donde se quemaron diez millones de hectáreas de bosques sin que a ningún tilín del gobierno se le moviera una sola pestaña. Ya quisieran todas esas mujeres y niños -miles de ellos-, que sufren verdaderos calvarios en sus hogares, maltrato, golpes, insultos, vejaciones y toda clase de abusos, que la policía, la justicia y los responsables de la protección de los sectores más vulnerables, hagan algo para cambiar la triste realidad de Bolivia, donde mujeres y niñas son el estropajo de una sociedad indolente, de las peor ubicadas en el continente por sus escasos avances en este campo. Es el país viral, el país donde los intocables se ríen de su impunidad en nuestras narices.