Escuchando a los principales líderes políticos que están en carrera para las próximas elecciones generales de Bolivia, pareciera que existe un consenso para enterrar el modelo económico creado por el actual presidente, Luis Arce, quien insiste en seguir aplicando la misma receta, pese a que está perfectamente consciente de que nos está conduciendo a la peor crisis de la historia nacional.
No hay manera de culparlo, pues el modelo económico boliviano no es muy distinto del que heredamos de los españoles y que se ha mantenido a lo largo de 200 años: centralista, extractivista, estatista, concentrador del poder y de los recursos, despreciativo con la iniciativa privada y abiertamente opuesto a la meritocracia, enemiga acérrima del clientelismo y de la cadena de lealtades compradas que alimentan la casta política y económica que nos gobierna desde 1825.
Ni siquiera Víctor Paz Estenssoro, que era un revolucionario; Hugo Banzer, un dictador de derecha; o Gonzalo Sánchez de Lozada, que supuestamente era un liberal, cambió el modelo. Le hicieron algunos maquillajes, pero nunca transformaron la estructura del Estado, que es la raíz de todos los males del país, la explicación de la pobreza, de los abusos de poder y la pésima calidad de la democracia.
El MAS no ha hecho más que exacerbar todos los vicios que ya tenía el Estado boliviano y lo ha hecho porque puede hacerlo, porque el modelo de Estado que tiene Bolivia, la cultura política y la tradición andinocentrista lo dictan así. El MAS procedió de esa manera porque tuvo la plata y el poder para conseguirlo, además del soporte ideológico de Cuba y el Foro de São Paulo. Banzer y Goni hubieran hecho exactamente lo mismo con toda esa plata a disposición y el inmenso caudal político que tuvo Evo Morales. Ninguno de ellos hubiera afectado el diseño del país, que está hecho para el fracaso, para el robo, para la corrupción, el abuso y el autoritarismo, pero sobre todo, está moldeado para seguir alimentando a una élite ya un sinnúmero de mafias políticas y criminales que lucran con ese modelo y que se verían obligadas a buscar trabajo si se produjera una profunda transformación.
Sánchez de Lozada ha sido tal vez el presidente más audaz al hacer cambios económicos y el más “generoso” al inventarse una ley para distribuir algunas migajas del Estado central. Por eso, sus reformas ayudaron, pero muy poco. La gente no llegó a percibir los beneficios en sus bolsillos, terminó rechazándolos y, lo peor de todo, actuando como el perro que menciona la Biblia que vuelve a su vómito.
Afortunadamente, el mundo de hoy es distinto al de los años 90. Hoy existen líderes en el mundo que están ejecutando transformaciones reales y que atacan el fondo del problema de la pobreza, la producción y la generación de riqueza, como lo hizo Chile en su momento y como lo está haciendo Argentina. Es la única manera de hacerlo, ya que lo demás es puro maquillaje. La ciudadanía espera que acabar con el MAS no sea sinónimo de salir del fuego para caer en las brasas.
El MAS no ha hecho más que exacerbar todos los vicios que ya tenía el Estado boliviano y lo ha hecho porque puede hacerlo, porque el modelo de Estado que tiene Bolivia, la cultura política y la tradición andinocentrista lo dictan así.