Nadie se atrevería a apostar un solo centavo por alguna de las alternativas que se vislumbran como desenlace este 10 de enero en Venezuela, fecha en la que tiene que jurar el presidente para el próximo período constitucional de seis años. El problema es que hay dos candidatos: el legítimo ganador de las elecciones del 28 de julio, Edmundo González Urrutia y el dictador Nicolás Maduro, quien se robó la votación apañado por todo el aparato institucional controlado por el chavismo, cuyo poder se sustenta en las fuerzas armadas, que han venido perpetrando una ola salvaje represiva para llamar el descontento generado por el engaño.
El auténtico presidente electo ha
iniciado una gira por varios países del continente americano, incluyendo
Estados Unidos, donde ha sido recibido con honores y mucha pompa, lo que hace
suponer que existe algún plan para permitir su ingreso a Venezuela y, muy
probablemente, su juramentación, aunque sea de forma simbólica. De otra forma,
no habría razón para despertar tantas expectativas.
Al parecer, detrás de todo este alboroto
anida el propósito de desatar una gran movilización ciudadana que inhiba las
intenciones represivas de los militares que, según algunos entendidos en el
tema, le han quitado gran parte de la lealtad al dictador y no están en
condiciones de seguir maltratando a la población y, mucho menos, enfrentar un
alzamiento que implique el uso de la violencia. En Venezuela podría repetirse
el fenómeno de Siria, donde los militares prácticamente se rindieron sin
pelear.
Otra de las grandes incógnitas es el
papel que jugará Estados Unidos en este conflicto. Precisamente, a partir de lo
ocurrido en Siria, donde cumplió un papel estratégico para la caída del régimen
de Bashar al-Assad, Washington tiene vía libre para ejercer toda la presión
necesaria para hacer caer a Maduro, sin preocuparse de las reacciones de Rusia,
China, Irán ni de ninguno de los “amigotes” del tirano. La única restricción
que enfrenta la potencia del norte es su propia conveniencia, que gira en torno
a la industria petrolera estadounidense, que está muy cómoda en las
circunstancias actuales.
La posibilidad de que todo siga igual se
refuerza con el retorno a la Casa Blanca de Donald Trump, para quien, primero
que nada, se encuentra el interés de Estados Unidos, y para quien todo estará
bien siempre y cuando los negocios sigan fluyendo. Todo dependería, según los
analistas, de que Maduro, así como otros presidentes de la región, acepten el
regreso de millares de deportados, tal como ya lo acató México, un país que sabe
sacarle tajada a las diferencias con su gigantesco vecino.
Tal vez el viernes no se produzca la conclusión de un proceso, sino que se dé un paso más en el largo camino para luchar contra la dictadura, que en el último año ha enfrentado las peores vicisitudes de los últimos 25 años. Hoy, como nunca, tiene a todo el pueblo en contra, ha sufrido una derrota electoral innegable, la oposición está unida y con mucha fuerza, mientras que el régimen de Maduro está aislado y es rechazado incluso por gobiernos de izquierda que antes lo apoyaban. Tal vez hay que seguir esperando y... luchando, por supuesto. Esto vale para los bolivianos también.