
L a negociación previa a cualquier liberación es una etapa muy difícil de surtir, hay mucha gente interesada en que no se dé y mucha desconfianza entre las partes. El comienzo de la última liberación fue una tragedia. En noviembre pasado, cuando a Colombianos y Colombianas por la Paz ya había llegado una carta de las Farc, manifestando su intención de liberar a algunos secuestrados, se dio el asesinato de cuatro uniformados que permanecían en cautiverio. Nos dolió mucho porque esas vidas se hubieran podido salvar. Ahí empezó este trabajo que terminó con la liberación de los últimos cautivos en poder de las Farc.
“En diciembre, la guerrilla envió un comunicado expresando su decisión de liberar a algunos secuestrados. Nosotros pedimos que fueran todos, pero solo en febrero, con la declaración de que los liberarían a todos y que terminarían el secuestro, supimos de la dimensión de este operativo.
“Entonces empezó el tire y afloje con el Gobierno. El presidente designa al Ministerio de Defensa como vocero, lo que nos pone en una situación muy difícil, porque nos obligaba a que las reuniones para la logística tenían que ser con el Ejército. Nos pusieron a negociar con un interesado en el conflicto. La sola expresión de un general en una reunión resume lo que pasaba: “Aquí nada de filosofía”. Nosotros tratamos de flexibilizar nuestras posiciones porque estábamos buscando que esto sirviera no solo para la liberación, sino como una especie de puente entre la guerrilla y el Gobierno.
“El momento más complicado de todo el proceso fue cuando el gobierno no autorizó a Brasil para que sirviera de mediador y brindara la logística para realizar el operativo. Fue un momento difícil, porque no se podía pensar que el mismo Gobierno fuera el que hiciera la liberación. Finalmente eso se superó con el acompañamiento de muchas personas. El otro momento difícil fue cuando empezó la discusión sobre la fecha: que el 26, que el 30. Eso también fue angustiante y desgastante, pero igualmente se superó.
“La noche anterior al operativo fue un instante de mucha angustia y ansiedad, porque a pesar de que confiaba en que las coordenadas iban a llegar, solo nos las entregaron a último momento. Nosotros teníamos el compromiso de que nos subiríamos a los helicópteros con las coordenadas en la mano. Entonces la noche anterior la Cruz Roja ya había empezado a preguntarnos qué pasaba con eso. Ellos nos preguntaban cuántos vienen, cuáles son los nombres de los liberados del lunes, pero nosotros no sabíamos nada. Los militares insistían en que la liberación fuera todos de una vez. Para nosotros eso no era importante. Nos tenía sin cuidado si teníamos que hacer diez vuelos e ir por cada uno a un lugar distinto, a nosotros solo nos preocupaba que llegaran.
“Esa noche el ambiente y la presión se hicieron cada minuto más pesados. Estuve pendiente como hasta las 2 de la mañana. A la una le puse un correo a la de la Cruz Roja explicando que todavía no había llegado nada y me decidí a descansar un rato. Sin embargo, fue muy poco lo que dormí. A las 6 de la mañana aún no tenía noticia, entonces me decidí a arreglarme y bajar a reunirme con la gente y explicar lo que había pasado. Como a las 7.30 vi que lanzaron el periódico por debajo de la puerta. Lo abrí para leerlo y adentro había un sobre que traía las coordenadas. Entonces avisé que ya las tenía. Fue un alivio cuando vi el papel.
“A las 10 de la mañana nos subimos al helicóptero. Ya habíamos ensayado la frecuencia que nos habían dado. Todo estaba listo. En ese momento no se sabía cuántos iban a ser liberados en el primer viaje, ni cuántos en el segundo. Cuando llegamos a la zona indicada no vimos nada. No había señas ni nada que nos indicara que estábamos en el lugar correcto. Tratamos de comunicarnos por la frecuencia, pero no respondían. Ese fue otro momento de angustia. Uno se pregunta muchas cosas: ¿será que estamos donde es, a la hora que es, qué pasa si no llegan? Entonces vimos que alguien agitó un trapo blanco y descendimos.
“Cuando nos bajamos del helicóptero llegaron dos insurgentes corriendo y dijeron: “Nosotros también acabamos de llegar. Los comandantes que vienen a entregar a los secuestrados se demoran entre tres y cuatro horas”. En ese momento eran casi las 12 del día. Ahí vino el otro gran momento de tensión, porque la Cruz Roja y el gobierno de Brasil dijeron que solo podíamos esperar hasta las 3.30. Les preguntamos a los guerrilleros cuántos venían y nos dijeron que ellos no sabían, que esperáramos. La gente en el pueblo no tenía ni idea de que ahí iba a ser la liberación. Incluso nos comentaron que cuando vieron que los helicópteros se acercaban pensaron que iba a haber un operativo militar y alistaron sus cosas para salir corriendo. Un señor dijo que me había visto el turbante y que por eso se dieron cuenta de que era el operativo de rescate. Yo creo que fue por la insignias de la Cruz Roja.
“Entonces decidimos tomar las cosas con tranquilidad y nos fuimos a hablar con la gente. Es una especie de calma tensa la que se vive en esas circunstancias. Los mosquitos nos dieron la bienvenida. Hacía mucho calor. Un calor pegajoso de esos de selva. La gente nos recibió con mucha amabilidad y cariño. Nos ofrecieron sancocho de gallina, agua y cerveza. Me impresionó lo cara que es la vida en ese pueblo: una libra de sal cuesta $5.000.
“El tiempo fue pasando muy lentamente al principio, pero al rato empezamos a ver que las manecillas avanzaban y nadie llegaba. Las caras de la gente de la Cruz Roja, como preguntándonos qué pasaba, que nos teníamos que ir, me ponían más nerviosa. A las 3 de la tarde ya estábamos que nos reventábamos. Yo no sabía dónde ponerme. Entonces nos dicen que mejor llamemos y digamos que todo va bien.
“Como a las 3.30, ya al borde de la desesperación, Olga Amparo Sánchez y yo tomamos la decisión de que si no llegaban antes de la hora límite, nos quedábamos. Le preguntamos a los guerrilleros que habían batido el pañuelo si creían que llegaban y ellos nos aseguraron que sí. Entonces me sentí un poco más tranquila y nos fuimos a buscar un sitio para acomodarnos. Les dijimos a unas señoras que si nos alquilaban una pieza para dormir, porque yo no me devolvía sin los liberados ni muerta. Ya estábamos decididas a quedarnos y el médico dijo que se quedaba con nosotras.
“A las 4 vimos que se acercaba una panga. Todo el pueblo salió corriendo a la ribera del río Guaviare, pero resultó que solo venían guerrilleros. Ellos nos dijeron que los otros venían 20 minutos atrás. Cumplido el tiempo llegó otra lancha, pero en esa tampoco venían. Entonces fuimos a donde el comandante del helicóptero y le dijimos que esperáramos, que tuviera paciencia pues ya estaban por llegar. Entiendo que la demora fue que empezaron a caminar hacia nosotros apenas entró en vigencia el cese de hostilidades y estaban muy lejos. El helicóptero aplazó la salida, porque si ellos hubieran sido rigurosos, nos hubiéramos tenido que quedar.
“Una vez llegaron, ya con el helicóptero prendido, el comandante que venía a entregar a los secuestrados leyó un comunicado. Apenas terminó, secuestrados y secuestradores se despidieron. Y eso es una imagen muy sentida: ver a víctimas y victimarios abrazándose, despidiéndose con sentimiento. Eso lo hace pensar a uno que la paz en Colombia sí es posible, porque se da uno cuenta de que los combatientes de uno y otro lado, a quienes les toca ponerles el pecho a las balas, son capaces de darse la mano. De inmediato nos subimos a los helicópteros y emprendimos el regreso.
“Durante la hora y media del viaje ellos venían mostrando las cosas que traían: las manualidades, los bordados, etc. Al principio hubo un silencio profundo, en el que todos nos internamos en nuestras cabezas y desandamos estos largos años. Al rato la alegría se desbordó y empezamos a hablar, a preguntar por sus familias, por lo que había pasado en estos años. Les mostré el Blackberry, porque ellos querían saber qué era y cómo funcionaba. Les leí los mensajes de apoyo que la gente enviaba y el júbilo que el país sintió con su regreso. De repente el canto rompió y entonamos una canción del grupo Niche: “...ya vamos llegando, me voy acercando, no puedo evitar que los ojos se me agüen...”.
“Una vez nos bajamos del helicóptero nos encontramos con la plataforma que el Gobierno había instalado. Fue algo que nosotros no habíamos visto ni en las épocas de Uribe. Los desfiles militares, el control a las familias de los liberados y a la prensa. Aquí se notó claramente que este operativo fue manejado, por parte del Gobierno, desde las Fuerza Armadas. Solo hay que recordar las liberaciones anteriores: el abrazo de Sigifredo López con su familia. Aquí no hubo nada de eso. Fue una ceremonia fría que quiso evitar que las emociones de la gente salieran. Fue como si no quisieran que la ilusión de un país en paz aflorara”.
Los planes de Piedad Córdoba
Hace años Piedad Córdoba había prometido que no descansaría hasta ver al último secuestrado libre. Ahora su promesa está cumplida y, como ella misma lo afirma, el ciclo está cerrado. Pero lejos de lo que muchos desearían, Piedad Córdoba no dejará de trabajar en el ámbito humanitario.
Unas horas después de haber regresado de la "Operación Libertad", como se le ha denominado, Córdoba afirmó que insistirá en visitar las cárceles colombianas y verificar la situación humanitaria de los presos políticos. Para esto, un grupo de influyentes mujeres internacionales, incluyendo premios Nobel de Paz y presidentas de países sudamericanos, la acompañan en esta misión. Precisamente, el grupo de Mujeres Internacionales por la Paz de Colombia, como se les bautizó, envió una misiva al presidente Santos pidiéndole que les autorice una comisión de verificación.
Por otra parte, Córdoba ha asegurado que entre los principales puntos de la agenda de Colombianos y Colombianas por la Paz estará el trabajo por los desaparecidos.
Colombia tiene, según registros oficiales, más de 60 mil desaparecidos. “Ahora vamos por ellos. Este es uno de los grandes dramas de Colombia y no vamos a descansar hasta que los familiares de las víctimas sepan lo que pasó con sus seres queridos”, expresó Córdoba durante la rueda de prensa al terminar la operación.
El periódico de la libertad
La noche anterior a que empezara el operativo de liberación, Piedad Córdoba no pudo dormir. Su compromiso era que antes de subirse al helicóptero tendría las coordenadas del lugar a donde irían a recoger a los secuestrados; sin embargo, éstas llegaron en el último minuto.
Córdoba cuenta que toda la noche estuvo pendiente de alguna señal que le indicara dónde tenía que buscar a los liberados. Esperaba una llamada, un correo, un chiflido, cualquier cosa. Sin embargo, a las 2 de la mañana nada había llegado. Cansada, decidió recostarse y esperar a que el sol trajera las buenas nuevas.
Se despertó y nada. Entonces, con la angustia en el pecho, decidió arreglarse para salir de su habitación y explicar la situación.
A las 7.30 alguien deslizó un periódico por debajo de la puerta. Lo abrió para ojear las noticias y encontró un sobre. Dentro del sobre estaba un papel con el lugar de liberación.