Fernando Luis Arancibia U. - Según el registro cronológico de las epidemias planetarias, la primera de la historia antigua sido habría la Peste de Atenas, que se propagó en el año 428 antes de nuestra era. Tucídides narra en su obra “La guerra del Peloponeso” cómo el mal procede de Etiopía y se propaga en las grandes aglomeraciones de las ciudades. Por cierto que no tiene por qué ser la primera epidemia que azotó a la humanidad, pero que es la primera registrada con lujo de detalles, sí. Después vendrían la Peste de Agrigento, que narra Diógenes Laercio, luego la Peste de Siracusa en el año 396 a.n.e. que diezma los ejércitos de Cártago. Sobresale la Peste Antonina en el siglo II, que mata al propio emperador antonino Marco Aurelio.
Los relatos señalan que las víctimas de la Peste sufren fiebre, ahogo y dificultad para respirar, abatimiento, lesiones horrendas de la piel y muerte rápida. La ciencia actual explica que las primeras epidemias registradas pueden ser por Influenza, Peste Bubónica, Viruela o Difteria, solas o combinadas. Al menos así parece la Peste Justiniana del año 542, que casi acaba con la humanidad. Después viene la gran Plaga Pestilente, que no es otra cosa que epidemia de hepatitis. Y otra vez la Peste Bubónica, que se transmite por las ratas y pulgas, asola Europa en 1347 y después en 1646. Se hace evidente que la pobreza e ignorancia de la gente facilita la propagación de la enfermedad e impide una lucha racional.
Es justamente la ignorancia de la forma de transmisión de las enfermedades lo que empeora las cosas. Y para mal de males, la pobreza castiga con la ausencia de servicios básicos sanitarios como agua potable, alcantarillado, vivienda digna, saneamiento ambiental y adecuada alimentación. Por ello no extraña que las próximas epidemias sean por Viruela, Cólera morbo, Lepra, Escorbuto, Fiebre Amarilla, Rabia y Sífilis, productos genuinos de la promiscuidad habitacional y sexual, la insuficiente higiene personal, la carencia de medio ambiente saludable, y la adecuada provisión de alimentos ricos en proteínas y vitaminas.
Desde la Edad Media al Renacimiento se suceden estas plagas que ocasionan altísima mortandad humana. Los que mueren con facilidad son gente humilde y también médicos, clérigos, jueces y quienes trabajan en contacto directo con la gente. Apiñados y sin observar normas de protección, la gente se contagia fácilmente y creía que las pestes eran un castigo divino. Lejos estaban de sospechar que la mayor parte de las epidemias se debían a la ignorancia. La gente no sabía o no entendía cómo podía protegerse de las enfermedades y recurren a pócimas, cantos, tributos, ungüentos y artilugios que sólo empeoran las cosas.
En pleno Siglo Veintiuno, cuando ya hemos pasado la peor de las epidemias: la gripe o Influenza española, vemos cómo la gente sigue sin entender o sigue ignorante sobre cómo protegerse y proteger a los demás. En los vehículos de transporte público masivo, como son los microbuses, pasajeros y conductor viajan apiñados con ventanillas cerradas. Nadie usa barbijo protector ni existe autoridad que imponga la norma a choferes y pasajeros despistados o indefensos ante la ignorancia. Sería bueno que alguien vea porqué las ventanillas de los microbuses no pueden ser abiertas (mal estado o aseguradas a propósito) y sirvan de ejemplo de la incomodidad e inseguridad a la que son sometidos los usuarios.
Es en estos lugares donde la gente se aglomera y se contagia de las enfermedades que se transmiten por el aire, y las epidemias cobran su mayor impulso. Son la gente pobre la más expuesta al riesgo de enfermar y en los lugares a los que por necesidad acude y utiliza para seguir su vida, cuando ahí es también donde recoge la semilla de su mal y de su muerte. Pobreza e ignorancia, pero más ignorancia que otra cosa, síntoma inequívoco de que la humanidad todavía sigue en la prehistoria del conocimiento, aun cuando la tecnología actual nos haga explorar el universo.